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“Bajo un sol de sílice” de Julián Ponceta

Cultura Antropofágica o del sí mismo de la humano

Siempre que quiero escribir una reseña me encuentro con el mismo problema, a saber, el problema de encontrar un inicio que me de un hilo del cual ir tirando para poder tejer las frases sueltas que anoté en mi cuaderno. Escribo una línea y esta me parece muy seca, muy artificial, muy iniciática muy pretenciosa, muy sentenciosa. Creo que a veces me gustaría encontrar esa frase que no sea un inicio, sino una simple continuación. Quisiera que el lector no empezara el leer un texto sino que continuara viendo, en otro modo, la obra.

¿Por dónde empezar a escribir? ¿voy  contar lo que vi o las ideas asociadas que despertó en mi? En cierto modo, la disyuntiva parece un poco artificial y esto por dos cosas: porque el ver nunca es una operación ingenua, donde el receptor pueda hacer epojé de su subjetividad, y porque la obra misma muchas veces apela al conjunto de asociaciones que le dan su espesor. Tal vez, algo característico de esta cultura contemporánea sea el abandono del proyecto modernista de obra de arte total, autocontenida en sí misma, cuyo signo solo remitía a algo dentro de ella. Máxime en una obra como la que me ocupa ahora, “bajo un sol de sílice” cuyo tema se ubica en oblicua continuidad con su afuera.

Dos niveles diferentes se entrecruzan a lo largo de la propuesta, dos niveles que, como veremos, son dos instrumentos ópticos, referencia ya contenida en el título de la misma. Por un lado, está el nivel de la obra como microscopio de toda una cultura, es decir, la obra en su relación con lo otro: la vida. Se trata de poner bajo sus lentes ciertas imágenes de un modo de vida contemporánea. Se trata de la obra como visión, o mejor como instrumento de visión. Por otro lado, la obra en su interior se ocupa de una producción de imágenes. Ya no es visión, sino que es lo visto, no es el mirar, sino lo mirado. Se trata de la obra como espejo, como instrumento de reflejo en el que encontramos ¿qué? Sí, la pregunta por lo humano, o mejor, la repregunta.

Con cada gran transformación de una cultura, por lo menos en Occidente, reaparece la pregunta por lo humano, tanto de su definición como de sus posibilidades. Heidegger acertaba ya en 1927, gran época de crisis, cuando decía que humano es aquel ser preocupado por su ser. Cada crisis replantea entonces  la pregunta por lo humano. Pero aquí es donde la obra resuelve sus dos niveles en uno solo, haciendo de su instrumento la propia producción de imagen, volviendo imagen a la propia indagación, volviendo instrumento a las imágenes. Es como si fuese un par de medias, esas que enrrolladas correctamente son a su vez su contenido y su continente (la idea es de Benjamin). Como el vestido que forma parte de la escena, un ropaje que se arropa a sí mismo, que se viste a sí mismo en la operación de doblamiento y desdoblamiento.

La artista se saca fotos, muestra las fotos que se saca, muestra el acto de fotografiarse. La artista se enrolla, se contorsiona, busca su imagen, se sabe parcial.

Pero, como ya analizaba Lacan, la subjetividad compuesta a través de la imagen solo da lugar a una subjetividad refractada. La imagen reflejada en el espejo a través del cual cada yo constituye su identidad, instaura la dualidad en el seno de la unidad (unidad-identidad). El yo obtenido de su formación a través de la imagen, es siempre dos. O tal vez más. Esa subjetividad es una recomposición siempre frágil de una serie finita de imágenes parciales. Y uno como espectador, ve esos intentos de totalidad. Una totalidad imposible de conseguir, fracasada. Escuchamos esa voz desdoblada, y vemos ese cuerpo que solo se nos aparece, como el yo, mediante escorzos, parcialidades. El instrumento revela su incapacidad de abordar lo real, y solo nos da fragmentos. Pero al moverse, cada parte es otra parte, cada yo es otro yo. Así, el yo espejado es un yo distinto del yo que busca su imagen. Nos reconocemos en él, y quedamos ¿cómo? fragmentados.

Qué lejos ha quedado esa modernidad cartesiana, donde el yo, el ego cogito era la primera certeza, transparente para sí mismo, claro y distinto. Qué lejos ha quedado esa modernidad donde se crearon los microscopios para mirar las cosas más pequeñas y cercanas, los átomos, y también los telescopios para mirar el universo en sus cosas más alejadas, los astros. Qué lejos ha quedado esa modernidad que creía haber desencantado el mundo, haberlo revelado como si de una fotografía se tratara. En cierto modo, seguimos jugando con las metáforas visuales y ópticas de la modernidad, pero ahora lo que revelamos no es su poder de verdad, sino su poder de encantamiento, su poder de ilusión. Más que de un espejo limpio, se trata de un espejo fragmentado, un caleidoscopio.

Es que nos enfrentamos a un paro cardiorespiratorio de nuestras certezas, nos encontramos en un desierto lleno de pequeños fragmentos de sílice que nos ofrecen una miríada de nosotros, no una unidad. Y buscamos incesantemente esa unidad, multiplicando las imágenes, tratando de retorcernos para obtener una mejor muestra de nosotros mismos, fagocitándonos a nosotros mismos en un contorsionismo del registro. Es como si nos negáramos a desconfiar del instrumento y quisiéramos encontrar algo firme. Nos ponemos el vestido, antes rígido y sostenido sobre sí mismo, y creemos hallar alguna verdad. Caminamos derechitos, duros, artificiales, robotizados.

Pero siempre está ahí, la mueca perversa que desnuda la rigidez, que la desmiente.

Hay dos momentos que, en términos de las imágenes, se parecen bastante. El momento del génesis de la criatura humana, emergiendo del barro gracias a la mano formadora de un ser divino, y el de las crisis, las revueltas y el apocalipsis, momento de necesaria refracción de las cosas, las cuales habrán de adquirir una forma nueva. La obra entonces puede ser vista como un instrumento que aborda ciertas imágenes de la cultura contemporánea, pero produciéndolas, siendo ella misma una imagen, una imagen de sí misma como instrumento. Un instrumento que se fagocita a sí mismo, dislocándose. Como una cultura que, abordando la pregunta por lo humano, no hace más que buscar la respuesta en el consumo de sus propias imágenes, que son siempre el disloque de lo que es. Una cultura que por no encontrar sus respuestas se complace en la fagocitación de sus imágenes. Una cultura antropofágica.

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La economía y la metafísica

Más allá de las críticas que ha recibido la noción del lenguaje como reflejo inmediato del pensamiento, es tal vez este en su sentido amplio todo lo que tenemos para guiarnos en este nuestro mundo, en el que nos toca habitar con otres, o sobre otres o bajo otres.

Cuando de vida política se trata, es decir, de esta forma de vida con otres,  el análisis del discurso se vuelve una herramienta poderosa. Una herramienta de previsión, de discusión, de toma de decisiones, de batalla.

Los discursos de Macri son contundentes y sintomáticos, y también la palabra desperdigada, la repetición hasta el hartazgo de latiguillos y clichés. Apenas conocido los resultados de las elecciones, el CEO de la Nación (que antes se llamaba Presidente/a pero cualquier palabra así ofende a los defensores de la antipolítica), fue muy claro en sus proyectos de políticas públicas. Casi textualmente dijo que su intención era ayudar a cada uno a prosperar con sus proyectos de vida. El cada uno deja de lado el “todos” (y todas) del discurso populista y entiende que el fracaso o éxito de los proyectos de vida es algo que depende de cada individuo. Lógica del individuo responsable absolutamente de todo lo que hace, incluso en un sistema (como todo sistema democrático) que en tanto centraliza el poder, toma decisiones por todos y todas. La perspectiva macrista de la política pública entiende que esta debe ser una “ayuda” al éxito del proyecto individual, más no una garantía. Política pública del voucher. Una analogía tal vez ayude: en lugar de garantizar la universidad gratuita para todos, de calidad y excelencia, la política pública macrista entiende que debería arancelarse la universidad y subsidiar un poco a los que menos tienen.

El fracaso o el éxito son vistos aquí como inexorables, y en vistas de las medidas políticas tomadas desde los primeros días, sabemos con claridad quiénes son esos “cada uno” a los cuales el Estado va a ayudar para que tengan (más) éxito.

En virtud de sostener las millonarias transferencias de fondos a los sectores más ricos (exportadoras, mineras, propietarios de bienes de lujos y fondos buitres) el gobierno decidió ajustar brutalmente mediante despidos, quita de subsidios y cierre de programas en todos los ministerios. La frase latiguillo para legitimar esta transferencia de fondos es “sinceramiento de la economía” y es aquí donde me quiero detener: ¿qué significa sincerar la economía? ¿qué concepción de “lo económico” subyace tras esa frase? en definitiva ¿qué enmascara la frase?

Si hay algo que debe ser sincerado, cual destino, es porque ese algo es una entidad que funciona según sus leyes propias. Macri y su equipo (ministros, diarios, militantes) enmascaran la decisión política de transferir fondos millonarios a los que ya son ricos como decisiones que se ven obligados a tomar porque un dios, la economía, un ente metafísico con sus propias leyes, lo impone.

La economía no es ni un dios ni un ente metafísico oscuro, la economía son las decisiones que tomamos constantemente y dichas decisiones se basan en ideas y valores. La economía es cuestión de decisiones políticas,  no hay leyes de la economía per se, sino que hay negociaciones al interior de una sociedad, expectativas e intereses. Por supuesto, hay intereses más y menos legítimos, pero no disfracemos los intereses reales bajo enunciados metafísicos oscuros. Mejor, propongamos una discusión seria acerca de cuáles son los intereses que, como país, vamos a privilegiar.

¿Qué hay detrás del Ente Economía? Estamos nosotros, todos, siendo afectados por las decisiones que son tomadas desde los organismos centrales de poder. La economía no habla de sí misma, no tiene sus propias leyes, la economía somos nosotres, y nuestra vida como comunidad, o sea, nuestra vida política, ese habitar con otres, sobre otres, bajo otres.

 

No somos tus hijxs

Con mis hijos no te metas

10 años. Hice probablemente mi primer comentario machista. -Te avivaste un poco- me dijo el mejor aprendiz del curso de machos, -eras un poco mariposón- sentenció.
Ahí, en los bailes de pueblo, el nene que se encargaba de hacerme bullying me etiquetó por primera vez con un estigma y al mismo tiempo se vanagloriaba, supongo, de los buenos resultados que su educación basada en violencia y acoso estaba surtiendo en mi. Ese día me sentí orgulloso de mi mismo. Ese día me pregunté qué significaba mariposón. Nadie se metió.

Con mis hijos no te metas.

Ví cómo en el jardín, la primaria y la secundaria le hicieron bullying a un pibe. Pero como era medio bobo, se lo merecía. Sabíamos también que su padre era un violento. Todxs, padres, profesores, directivos, dejaron abandonada a esa infancia en riesgo.  Nadie se metió.

En la escuela católica en la que estudié no solo aprendíamos las materias del curso. Un minucioso currículum oculto formaba los machos de la patria. Los pibes más grandes estaban legitimados a acosar a los menores porque así se forman los varones, soportando violencia y golpes. Nadie hacía nada.

Con mis hijos no te metas

En la misma escuela, incluso violando las leyes estatales existentes, me enseñaron que la homosexualidad era un pecado. No, corrijo, me dijeron que era una enfermedad. Sí, justo en los años en que la palabra mariposón empezaba a tener más sentido para mi, y comencé a tener mis serias dudas, toda una pedagogía me decía que lo que estaba pasando en mi era la peor aberración.

Con mis hijos no te metas.

Cuando necesité respuestas, y cuando más solo estaba, todo lo que sabía era que ni siquiera podía atreverme a contar que pensaba que era puto. Tenía miedo, estaba cagado hasta las patas. Pensaba que no iba a tener más amigos, ni más familia, ni más futuro, ni más escuela, ni más vida. Nadie enseñaba que ser puto y vivir eran dos cosas que podían ir de la mano.

Con mis hijos no te metas.

Yo, que jamás me había atrevido a golpear a nadie, yo que sufría en los márgenes buscando formas de supervivencia, yo que hacía todo mas o menos bien, sabía que estaba podrido por dentro. Sabía que ser puto me hacía peor que incluso el chico más forro de esa escuela. Porque ser un violento si sos varón está bien, pero ser puto es abjurar de lo más preciado para esta sociedad: su heterosexualidad. Y lo peor, es que me lo creí. Y me lo creí porque los profesores me lo confirmaban, y también los mayores, con sus chistes y sus bromas.

Con mis hijos no te metas.

Quise morir muchas veces, pensé en matarme otras tantas. Hice ritos. Nadé un río corriente arriba, me refugié en bibliotecas, tuve novias, intenté. Y sin embargo, con culpa y con bronca, en cuántas noches húmedas me pajee pensando en otros pibes.

Le pedí a Dios que me salvara. Le insistí. Le dije que yo no quería ser puto. Le pedí por favor que me vuelva hétero. Me convencí a mi mismo que era cuestión de hacer fuerza, de extirparlo de mi mente.

-No me sale-
-intentalo de nuevo.

Todas las noches, todos los días.

Lo hice solo.

Con mis hijos no te metas.

Canté los cantos aprendidos en la escuela. Que “el agro es/un colegio de varones/no se aceptan maricones/como todos los demás”.
Pedagogías heterosexualizantes

Sí, yo, un niño de 15 años a quien nadie le creía porque mientras cantaba eso se me movía la cadera y se me quebraba la muñeca. Sí, yo. Que aunque quisiera no podía ocultar lo puto que era. Me dijeron mozo sin bandeja, me dijeron que rasguñaba el paquete, me amenazaron. Hasta un puto me dijo una vez: callate puto.

 

Nadie se metió.

Observé, aprendí, estudié. Las poses, los valores, los dichos, las formas de pensar de los varones héteros. Observar y analizar era lo que mejor me salía. Sino podía cambiar desde adentro, tenía que cambiar desde afuera. Por imitación, tal vez, algún día, lo de adentro se transformaría. Invertí la metafísica de la Santa Comunión. Intenté la alquimia de cambiar los accidentes para transformar la sustancia. Fallé durante años. Pero lo hice en secreto, y continué investigando, como los escépticos.

Con mis hijos no te metas.

17 años. Escuché otros historias, busqué nuevxs maestrxs. Escuché las historias de maricas y travas expulsadas de sus casas, escuché las historias de pibas golpeadas, abusadas y violadas. Por sus novios, por sus padres, por sus parientes, por extraños. Siempre varones. Siempre heterosexuales. Nadie se metió.

Escuché las historias de amores y noviazgos, de putxs con trabajo, de putxs orgullosxs. Escuche y viví las historias de placer y de fiesta, de celebración de la mariconería. Impensable para mi. De celebración, qué maravilla, qué empoderante.

Escuché y aprendí que ser puto no está mal, que ser trans no está mal. Que son una de las tantas modalidades. Escuché y aprendí que las personas que son leídas como mujeres tienen miedo real en la calle.

Leí. A Lemebel, a la Susy Shock, al José Sbarra, al Fauno, al Nino Z, a tantos putxs bizarrxs. Escuché y aprendí de tantas Pazchi y Bruno, y tantos Lucas Mendos y tantos Emma Theumer y tantos Nicolas Cuello, y tantas Alejandras que me criaron desde el amor y la confrontación, pero siempre desde una pedagogía que implicaba sanación y cura para desaprender todo lo que la otra pedagogía, la pedagogía de la crueldad, me había enseñado. Soy hijx orgullosx de todxs ellxs.

¿Con mis hijos no te metas? No vamos a hacer lo que ustedes hicieron que fue no meterse cuando enseñaban que ser puto estaba mal. Cuando callaban ante el bullying. No vamos a hacer como ustedes, que callan los abusos sexuales de los curas pedófilos, que callan los golpes que los maridos le dan a sus mujeres.

No vamos a hacer como ustedes, que entre tener razón y herir un niñe, prefieren tener razón.

No vamos a ser como ustedes, que enseñan a una nena o a un nene abusado que esos son secretitos que no tiene que decirle a nadie. No vamos a ser como ustedes que se callan cuando a un niñe le enseñan a odiar su cuerpo, porque es gordo, o muy flaco, o porque tiene esto o aquello.

Quisiera haber tenido una Educación Sexual Integral que me hubiese dicho que tenía que amar mi cuerpo, que me hubiese enseñado que había más que heterosexuales en el mundo. Una ESI, que me hubiese enseñado que el placer está bien, pero que si no quiero coger nadie me puede obligar. ¿Es esto lo que les molesta de la ESI?

Quisiera haber tenido una ESI que me haya enseñado que todos los tipos de cuerpo son dignos de amor. Y de goce. Y que el placer no está reservado solo a los varones, delgados, machos, blancos y musculosos.

Quisiera haber tenido una ESI para no haber pensado alguna vez de una colega que era una puta por acostarse con tal o cual. Quisiera haber tenido una ESI para haber tenido claro, mucho antes, que las mujeres pueden ser tanto más inteligentes que yo. Quisiera haber tenido una ESI que me enseñara a valorar otras experiencias, una ESI que me hubiese enseñado a no monopolizar la palabra, cosa con la que ahora estoy tratando de luchar. Y quisiera que mis profesorxs hayan sido educadxs en esa ESI, y mis padres y mis amigos.

Porque yo tuve suerte, y soy, en muchas cosas, un privilegiado. Porque mi viejo y mi vieja y mis hermanxs me comprendieron. Porque a pesar de los prejuicios, primo en ellos el amor.

Quisiera haber tenido una ESI que me hubiese hecho reflexionar acerca de cómo en el mundo las cosas no son iguales para varones que para mujeres, para blancxs y no-blancxs, para neurotípicxs y no-neurotípicxs, para nativxs y para migrantes. Que me hubiese hecho reflexionar sobre los mecanismos de opresión y de poder, reales, palpables. ¿Cuántos varones héteros desaparecen cada año víctimas de la trata? ¿A cuántos varones héteros violan cada año? ¿Cuántas mujeres cobran el mismo salario por igual tarea? ideología es pretender que estas preguntas no son relevantes y urgentes.

Con mis hijos no te metas. ¿Les vas a dar educación sexual en tu casa? ¿Vos? ¿Por qué si no estás capacitadx para dar matemáticas, lengua, historia, biología, sociología, etc, considerás que sí estás capacitadx para enseñar Educación Sexual, que incluye todas las dimensiones de la vida humana? ¿Vos y yo? ¿Desde nuestra parcialísima y limitadísima noción de mundo, desde lo poco que conocemos?

La educación sexual que yo recibí se basaba en que coger era para tener hijos, a menos que seas varón. Ahí sí, te alientan a coger cuanto antes y cuanto puedas. La educación sexual que a mi me dieron nos entraba para ser predadores. La educación sexual implícita que recibí fue que la mujer era un ser de segunda categoría, y que tenía que cerrar las piernas. La educación sexual que yo recibí me decía que el mundo era heterosexual. ¿Y somos nosotrxs los que vendemos ideología de género? Ideología es negar lo que de hecho existe. Y ustedes nos vienen negando a los putos, a las tortas, a las travas, a lxs trans desde siempre. Ustedes nos vienen negando, a lxs gordxs, a lxs que nos gusta bailar como maricas sacadas, a quienes no son neurotípicxs. Ustedes vienen negando a las mujeres que no quieren ser incubadora, que no quieren casarse y tener marido. Ustedes vienen negando todo un conjunto de otras experiencias y recorridos de vida, todo un conjunto de cuerpos y modos de habitar el mundo. Haciendo de cuenta que no existimos.

Ustedes son los que vienen negando que las familias son de muchas formas. Ustedes son los que niegan que los papás varones abortan a menudo y que nuestras crianzas están a cargo de madres, madres solteras, abuelxs, tixs y demás. Pero no, ahí están ustedes enseñando que familia solo es papá y mamá. Ustedes son los ideólogos.

Pero acá estamos, enseñando otra pedagogía. Acá estamos, orgullosxs y visibles. ¿Saben por qué? porque existimos. Y sobrevivimos . A su pedagogía cruel, a sus palos, a sus golpes, a su hacernos mierda el autoestima.

Porque aunque ustedes nos nieguen, encontramos otras pedagogías y otras redes. Nos juntamos y celebramos, y lo vamos a seguir haciendo.

Nos vamos a meter, porque nuestra pedagogía es para infancias más felices y más íntegras. Es para una infancia libre de prejuicios y de abusos, es para criar mejores personas. Y porque por mucho que sean tus hijos, sus derechos son prioritarios.

Breve reflexión sobre economía, política y periodismo desprevenido

Nadie que lea estas líneas desconoce mi postura política y me férrea oposición a esta forma de gobierno. Solo pretendo sumar una reflexión escrita desde la urgencia, en los instantes de peligros, sobre lo que subyace a los posteos que suelo realizar en facebook.
A menudo la Alianza Cambiemos (Pro + Radicales + peronismo dialoguista) suele justificar sus decisiones económicas y políticas de ajuste en una suerte de inexorabilidad de leyes supramundanas que los obligan a tomar esa decisión. Nos dicen que el ajuste es necesario (como opuesto a ‘alternativo’) por el desbalance de las cuentas fiscales y los desmanejos de la economía.
En este sentido, llama mucho la atención que, durante la campaña en 2015, prometieron en todos los medios aliados que su proyecto no era ajustar o quitar ningún tipo de derechos. En esa misma campaña también afirmaban que el gobierno anterior mentía acerca de los grandes logros de su gestión (aún cuando eran perceptible las mejoras en la calidad de vida de las personas) y que las cosas buenas no se iban a tocar, como por ejemplo, el proyecto 2020 de
Ciencia y Tecnología, asegurado por la continuidad del otrora ministro Lino Barañao.
Ni bien asumen, comenzaron con los despedidos y el ajuste en las tarifas, con la quita de subsidios y lentamente con el desenzamblaje de todas las estructuras más interesantes que garantizaban acceso a la comunicación, a la justicia, a los programas sociales (que no es solo la AUH, sino programas como el ellas hacen), y a la educación e inclusión tecnológica.
Un interesante giro entre las promesas electorales y las políticas efectivamente aplicadas. ¿Cómo explicaron esto? Diciendo que la situación era peor que la que imaginaban (de por sí curioso, para un país que habia bajado la desocupación, que estaba desendeudado, que avanzaba hacia la industrialización, que había impulsado las pymes, que había lanzado dos satélites y vendía desarrollos tecnológicos a otros países).
Es decir que, en sus propios términos, tenemos dos opciones: 1) o bien el gobierno actual ya empezó fallando antes de ser gobierno, por no poder hacer un diagnóstico adecuado, 2) o bien arrancaron mintiendo por no poder decir lo que en realidad venían a hacer.
La opción 1 parece poco probable básicamente porque su campaña se basó en lo mal que estábamos y porque su equipo se componía de empresarios y la estructura de intendentes y gobernadores del radicalismo, además de renombrados economistas, politólogos, periodistas, couchings, políticos de trayectoria y del propio Macri que gobernó CABA durante ocho años. ¿Será que todos ellxs fallaron en el diagnóstico?. Será que ninguno de ellx pudo ver las cosas como eran? ¿Ni siquiera los empresarios e intendentes? ¿Será que desde el primer momento eran un equipo inutil para gobernar un país?
A partir de allí la Alianza Cambiemos se vió inexorablemente determinado, según decían, a tomar medidas antipopulares. A la justificación de origen reseñada arriba sumaban ahora la justificación de necesidad. La trampa implícita es que nos presentaban (y presentan) como necesario lo que en realidad era una elección. La trampa es que detras de las acciones no hay necesidad sino que hay valores que las guían y lo que no nos dicen es qué valores los guiaron.
¿Qué valores han guiado las políticas económicas de un gobierno cuyas primeras medidas fueron pagarle US$ 9300 millones a los fondos buitres (que nunca le prestaron plata a la Argentina? ¿Qué valores económicas guiaron el levantamiento del cepo? ¿Qué valores democráticos guiaron el nombramiento de dos Jueces de la Corte Suprema de la Nación? ¿Qué urgencia democrática y política determinó el derogamiento por decreto de la Ley de Medios? Ley votada por mayoría agravada en el congreso y ratificada su constitucionalidad por la misma Corte Suprema
Tomemos el caso de los US$93000 millones. Es un bien que tenemos como recurso. Ahora, tenemos que ver cómo lo usamos. Ahí ya hay un valor, y entonces no hay una necesidad sino una elección. ¿Se lo vamos a dar a fondos buitres o lo vamos a poner en una pymes nacional? ¿se lo vamos a dar a capitales extranjeros o lo uso para pagar salarios de empleados y así no tener que despedir gente?
O Tomemos otro bien, como la deuda que el Estado Argentino le perdonó al Correo (Macri). Esa plata podíamos ponerla en industrias o en salarios o en innovación tecnológica, y sin embargo se la perdonamos a una familia millonaria.
Elegir un valor implica rechazar otros, y este gobierno desde que asumió solo ha elegido beneficiar los ricos. De eso ya no queda duda, y si no me crees a mi, andá a leer a Tenembaum, periodista que nadie acusaría de kirchnerista.
¿Era necesario abrir las exportaciones y que se fundan las pymes o fue una medida opcional que benefició a unos pocos de por sí ricos? Un país que no tiene la máquina de hacer dolares ¿ debe dejar libre la venta de los mismos o sería mejor disponer de ellos para la industria que requiere de importar insumos? nuevamente ahí hay elecciones, y detrás de las elecciones hay valores, y junto con ellos un proyecto de país.
Pero este gobierno disfraza como necesarias las elecciones que toman. Lo que era optativo se vuelve necesario, y entonces se ocultan los valores que los guían.
Y ojo, no están desarmando el Estado, solo lo están poniendo al servicio de los ricos, que es una de las tantas funciones que un Estado puede tener.
Mientras tanto, a los pobres nos dicen que necesitamos del esfuerzo de todxs, pero ese todxs no incluye a los capitales financieros, ni a los mas ricos a los que les perdonaron impuestos.
Gracias a que estabamos desendeudados este país tomó nueva deuda, pero esa deuda no fue a parar a la producción, fue a parar a los bolsillos de los especuladores que se enriquecieron como nunca antes. Ahí hay de nuevo un valor.
En la economía no hay leyes universales ni necesarias, en la economía hay política, y la política es la toma de decisiones de qué valores vamos a priorizar.
Ya no tenemos ministerio de Salud pero mientras tanto los amigos del poder fugaron casi todo el préstamo en dolares. Ahí hubo una elección: se eligió el negocio de una minoría por sobre la salud de una mayoría. Eliminar el ministerio de Salud y el de Ciencia y Tecnología no era una necesidad, fue una elección que responde a un modelo de país.
Y en el medio de este caos, ahora periodistas que hicieron de todo para que este gobierno gane, nos dicen que este gobierno se equivocó, tuvo errores.
Del otro lado, los que ya en el 2015 sabíamos que esto era lo que iba a pasar si ganaban (y nos acusaron de hacer campaña del miedo).
Esos periodistas, ¿acaso no analizaron quien era macri y quien su equipo? ¿no analizaron los ocho años de gestión de macri en la ciudad? ¿no sabían qué pensaban sus economistas estrellas como Melconian y Sturzeneger? ¿no sabían quienes eran los que financiaban las campañas? ¿No sabían que sus recetas eran las neoliberales? ¿no sabían que el neoliberalismo manejado por empresarios multinacionales nunca beneficia al pueblo y siempre beneficia a los ricos?
Esos periodistas o bien son muy malos periodistas, en cuyo caso su opiniones deberían ser rechazadas en adelante o bien son cínicos y perversos y quieren salvarse de un bote que se hunde, en cuyo caso sus opiniones deberían ser repudiadas.
Que nadie se haga el desprevenido. Esto que está pasando no son ‘errores’, ‘fallas’ o ‘tormentas’. Este ES el modelo de país que vinieron a instaurar. Y este modelo, con pobreza, desocupación y mano de obra barata, de una economía primarizada, no es posible sin represión, enfermedad y angustia de sus habitantes.

Lugar es lo que hay

entre vos y yo

A veces es distancia

A veces es encuentro

Pero nunca es

Ni será

Mera continuidad

Lugar no es un resto

No sobra nada

No hay exceso

Sino más bien

Una falta

Falta de amor

Falta de entendimiento

Falta de vos

Falto yo

quisiera llenarlo

De palabras, de canciones, de ruidos y reflexiones

De sexo, y mucho semen

De mensajes a la noche y mates a la mañana

Pero no

Me retiro

Te retiro

Me retiras

Te retiras

Se nos retira.

En el principio no era el verbo

Si no el lugar

Que nos precede

Nos da existencia

Busca en nosotros

Sus víctimas sacrificiales

su razón de ser

No éramos nosotros

Nunca se trató de nosotros

Era, sin saberlo

El embrollo de la creación

Reseña “Pauta y método para una purga familiar” de Rene Mantiñan

Método: Re-presentación

Toda obra muestra un problema, en tanto en ella, a través de ella, se pone en juego un hacer con propósitos que sólo en tanto obra, objeto formado, materia formada, devela las condiciones de su formación como problema. Como resultado, la obra muestra aquello que oculta: la resolución de los problemas que dieron lugar a un determinado objeto. La obra así se halla ligada a la historia de su formación, pero se halla ligada como ocultamiento, como negación de su proceso, como negación de su historia. La obra así es la diferencia de los problemas que ha resuelto, es el resultado que aparece eminentemente como distinto de su proceso de producción y de sus condiciones de posibilidad.

Pero no toda obra asume su problema como problema a trabajar. Aunque claro, en nuestra contemporaneidad, con la caída de cualquier certeza acerca de las directivas del arte, puede considerarse que el arte mismo ha asumido la tarea de encontrar sus condiciones de posibilidad, sus condiciones de producción, y lo ha hecho en términos artísticos. Los ejemplos en esta línea son abundantes y no hace falta reseñarlos aquí. Basta con decir que Pauta y Método se inscribe, en principio, en esta línea de indagaciones: se trata de una obra que reflexiona artísticamente sobre las condiciones de representación. Se trata de un teatro que aborda inteligentemente el problema de la teatralidad, de su espacio y su manera, incluso de su misma posibilidad ¿Qué hace falta para teatralizar? ¿Qué es lo que convierte a algo en un hecho teatral? ¿Todo es representable? ¿De qué modo? ¿Cómo decidimos cuál representación es mejor? ¿Es que acaso hay un afuera del teatro con el cual se mide la bondad o legitimidad de un hecho teatral? Es como si la didascalia se hubiese metido en el mismo texto, lo hubiese colonizado y finalmente hubiese proclamado su triunfo.

Responder estas preguntas implica, por una vez, abordar la representación, o mejor, representar la representación, exponerla. En esta obra se trata de mostrar la artificiosidad del artificio mediante otro artificio. Esto es, mostrar el hecho teatral en su misma producción como hecho teatral, que siempre, por esa trampa del metalenguaje (paradoja de Russell mediante) será otro hecho teatral.

El método entonces es el de la exposición mediante el mismo dispositivo que se quiere exponer: representar la representación. Pero, como toda representación, es decir, toda cosa que se re-presenta, que se vuelve a presentar, requiere de un trabajo sobre la memoria. Seguir los meandros de la memoria es entonces la pauta (en una interpretación libre del título).

Pauta: Memoria

Dijimos antes que muchas obras se instauran sobre la negación de su proceso, se muestran como el resultado de un proceso que fue olvidado. Pero no es el caso de esta obra, cuyo tema principal es justamente la condición de posibilidad de la representación, esto es, la memoria.

Re-establecer la memoria no es un acto sencillo. Se debe apelar a todo una serie de dispositivos, de artefactos-artificios para recuperar esa memoria: etiquetas, archivos, repetición al infinito. Por momentos, la memoria ni siquiera es de los personajes, sino que se halla oculta en la materialidad de los objetos cuya poder mágico despierta la rememoración.

Claro, es una memoria siempre amenazada por el olvido. Y si la memoria es el instante del hecho teatral, el olvido debe ser vencido para que haya representación. Es por ello que todos las estrategias son válidas, es por ello que también la obra pone en marcha toda una serie de dispositivos de memoria, poniendo a su vez a la memoria como dispositivo. Olvidando el olvido. Y el resultado, por supuesto, no es más que una artificialidad. Recordar es siempre una ficción de lo acontecido, y como todo ficción, una mentira.

De allí también la angustia de sus personajes. Una angustia debida a la imposibilidad de su propio dispositivo, una angustia ante la conciencia de la imposibilidad de una memoria que no sea ficción.

Pero justamente, porque hay olvido, hay ficción, hay artificio, hay hecho teatral. Sin el olvido, no habría necesidad de representar. No se puede volver a presentar aquello que no hemos olvidado. Cada uno puede ser otro, cada uno puede ser el mismo personaje y cada uno de ellos puede ser sí mismo, un ser sí mismo que, si no olvidamos que estamos ante una obra, es también una ficción. Es necesario olvidar para que el hecho teatral sea posible.

La obra internamente se enfrenta entonces a una situación paradójica, entre la pasión por la memoria y la necesidad del olvido. Entre abjurar del olvido, y saber al mismo tiempo, lo fragil de la memoria. Entre no querer olvidar y tener que olvidar para poder ser un personaje. La paradoja revelada (gracias Proust) es que solo mediante el olvido la memoria se hace posible.

Y ahí, en ese espacio entre memoria y olvido, en esa distancia entre la representación y lo representado, se encuentra la obra. Una obra que se caracteriza por su profunda negatividad, en tanto inserta el hecho artístico en esa distancia. Sin olvidar el olvido, y sin idolatrar la memoria, encuentra las condiciones de su posibilidad.

En ese espacio vacío, negativo, es que asistimos entonces a una puesta en escena de la verdadera catarsis, la purga de las pasiones, que solo es posible en la distancia calculada entre lo extraño y lo familiar, entre la identificación y el extrañamiento. En ese espacio, espacio creado a fuerza de poner en juego su propia negación, la obra nos purga de lo familiar.

Leopoldo Rueda

Reseña “No hay nada más hermoso que acariciar algo quieto” de Braian Kobla

Nada está quieto, y sin embargo parece estarlo. Sobre este movimiento descansa el recorrido dramático de lo que acontece ante nuestra mirada. Y nada está quieto porque la obra reparte la tensión dramática en dualidades.

Todas las dualidades son expresión de una tensión fundamental. La de una subjetividad que, anhelando la mítica unidad, es incapaz de saberse fragmentada, y por ello mismo, ha negado toda posibilidad de cambio. Ha perdido, entonces, todo sentido teleológico, y por qué no, todo sentido teológico. Tan incapaz de proyectos y de anhelos como de la posible complacencia y aceptación de la existencia tal cual es.

Se trata de una subjetividad abandonada a su propia suerte, incrédula respecto de sí misma, y en ese mismo sentido también de lxs otrxs. Detrás de esa presencia avergonzada de la hipocresía ajena encontramos un sujeto incapaz de devenir: débil en su posible adaptación a los cambios. Un sujeto escudado en sus certezas, pero trágicamente conciente de que toda certeza no es más que una mentira.

Toda certeza funciona como un lugar seguro al que acudimos cuando todo parece desvanecerse. La obra discurre así por una serie de imágenes de estructuras, esquemas espaciales o comportamentales previamente codificados y que requieren de la relación entre elementos diversos: el estacionamiento, el nido, el sentimiento de una forma sin contenido, la coreografía, el armario, el orden de la ropa.

Pero, casi como verdad axiomática, ninguna estructura puede constituirse desde la unidad monádica, pues toda estructura es al menos una relación. Requiere un despliegue de la unidad en su diversidad, requiere entonces para poder formarse, de lo otro. Y es justamente allí donde llegamos al momento angustiante de la obra: eso otro, que vendría a armar la estructura, que vendría a poner las cosas en movimiento, no está, solo aparece en su ausencia. El nido está vacío, lo mismo que el armario, lo mismo que la forma, lo mismo que la coreografía mecánicamente aprendida. Y, viceversa, aquello que debería estar vacío está lleno: un estacionamiento ocupado prefigura la idea de completitud. Y como sabemos, solo las cosas muertas están completas, solo a los muertos no les falta nada. Si hay completitud no hay movimiento, ni deseo.

Enfrentamos la tensión entre el movimiento de la caricia y la quietud de la subjetividad. Desde dentro nada se mueve, desde fuera nada está quieto. Ambos polos son en última instancia una unidad necesaria, porque lo importa es el recorrido de uno hacia otro. Y en esa intermitencia aparece la belleza de una obra que nos conduce de lo vacío a lo lleno, de la forma al contenido, de la quietud al movimiento. Del movimiento a la quietud. A la última quietud.

Es la belleza ante el estertor de los vencidos.

Leopoldo Rueda

Nacimientos y muertes de lo monstruoso

Reseña de la obra “La mirada o el río al que las personas se arrojan a un pozo”

Entrar a ver una obra no siempre es sumergirse en ella, a veces es simplemente espectar la serie de acontecimientos. Tampoco leer la sucesión de letras es encontrarse con la novela, ni hablar dirigiéndose a un otro es comunicarse.

Desde ya pido disculpas si la lectura se vuelve árida, pero toda decodificación exige un esfuerzo, y querido espectador, nadie dijo nunca que ver teatro sea cosa fácil.

El drama marital y el fallido policial son en realidad una suerte de excusa o bien un tramposo hilo de Ariadna para conducirnos hacia un laberinto más profundo, más angustiante y mucho más incierto. Más que resolver el problema, la obra se encarga de llevarnos hacia él valiéndose de deliciosas carnadas.

El trajín de las relaciones diarias impone un uso banal de la lengua, mediante fórmulas e imágenes del hablar que prefiguran una suerte de comprensión anticipada y sin residuos de nuestros interlocutores. Pero el trasfondo es que el trajín oculta dos problemas. Por una lado la movilidad de los significantes, que siempre pueden ser otra cosa, que funcionan siempre como metáforas que por definición son abiertas. Por otro lado, la búsqueda creativa de engendrar significación, una paternidad de lengua que se presenta como deseo angustiante y desesperado. Hay un hecho patente, la sucesión de a+b+c+d no produce ningún enunciado, no hay nada que decir, no queda alternativa.

Se trata de tirar las piedra y agitar las aguas quietas del estanque de la lengua obtusa. Pero ojo, no es esta una operación carente de riesgo. Agitar las aguas puede despertar el monstruo congelado (otra imagen), cierta animalidad que no cesa de aparecer. Si algo destaca en la obra es la sutileza de las imágenes, y claro, el monstruo no está, no aparece, aunque eso es precisamente lo que lo vuelve monstruoso: la promesa siempre diferida de su aparición. ¿Cuántas películas de supuesto terror fallan al mostrarnos al  monstruo? mostrar el monstruo es una cacofonía que, por eso mismo, elimina el terror. Lo monstruoso no es sino una presencia espectral, lo que está pero solo en su anunciación, es un signo, como el lenguaje.

El lenguaje, con su juego de mostrar las ausencias es entonces monstruoso. Y por eso se llena de imágenes y decorados que tapen lo ominoso. Pero tras la bambalina anestesiante, está siempre latente, congelado y luminoso, el terror.

¿Cómo abordar el monstruo? se pregunta la obra una vez que ya removido las aguas calmas del lenguaje y que se tiene que enfrentar al remolino que su propia pregunta abrió. De nuevo, se abren dos opciones. Una de ellas se revela como inservible, la fría metodología científica de distanciamiento del objeto. La otra, se concluye, es sumergirse en el barro del problema a riesgo de ahogarse, hay que entrar en escena, no se puede desde afuera. Para generar algo nuevo, e insisto, se trata de una paternidad de la significación, no queda otra que arriesgarse y tirarse a la pileta de lo ominoso que hay detrás de la lengua obtusa. Sí, con titubeos y gritos, con lujuria y con gafas, pero nunca sin coraje.

Habrá que recurrir a instrumentos ópticos, siempre inciertos: una linterna, unas antiparras, y el mismo lenguaje. EL lenguaje, en su producción de imágenes, puede servir para desnudarse a sí mismo: desnudar el encantamiento de la comprensión y mostrarnos lo ridículo de una definición. Las langostas no son eso que se nos dice en el “diccionario de usos banales”, sino que son lo que me ahogan, lo que me tapan, que me comen.

Adentro del agua, los personajes no pueden mirarse uno al otro y el fuego no puede encenderse, tampoco pueden enfrentarse. Afuera lo que vemos es la asfixia

Asistimos al velorio del monstruo, los personajes miran consternados. Quien ha muerto es el lenguaje totalitario. El gran ausente, por supuesto, es él mismo.