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La economía y la metafísica

Más allá de las críticas que ha recibido la noción del lenguaje como reflejo inmediato del pensamiento, es tal vez este en su sentido amplio todo lo que tenemos para guiarnos en este nuestro mundo, en el que nos toca habitar con otres, o sobre otres o bajo otres.

Cuando de vida política se trata, es decir, de esta forma de vida con otres,  el análisis del discurso se vuelve una herramienta poderosa. Una herramienta de previsión, de discusión, de toma de decisiones, de batalla.

Los discursos de Macri son contundentes y sintomáticos, y también la palabra desperdigada, la repetición hasta el hartazgo de latiguillos y clichés. Apenas conocido los resultados de las elecciones, el CEO de la Nación (que antes se llamaba Presidente/a pero cualquier palabra así ofende a los defensores de la antipolítica), fue muy claro en sus proyectos de políticas públicas. Casi textualmente dijo que su intención era ayudar a cada uno a prosperar con sus proyectos de vida. El cada uno deja de lado el “todos” (y todas) del discurso populista y entiende que el fracaso o éxito de los proyectos de vida es algo que depende de cada individuo. Lógica del individuo responsable absolutamente de todo lo que hace, incluso en un sistema (como todo sistema democrático) que en tanto centraliza el poder, toma decisiones por todos y todas. La perspectiva macrista de la política pública entiende que esta debe ser una “ayuda” al éxito del proyecto individual, más no una garantía. Política pública del voucher. Una analogía tal vez ayude: en lugar de garantizar la universidad gratuita para todos, de calidad y excelencia, la política pública macrista entiende que debería arancelarse la universidad y subsidiar un poco a los que menos tienen.

El fracaso o el éxito son vistos aquí como inexorables, y en vistas de las medidas políticas tomadas desde los primeros días, sabemos con claridad quiénes son esos “cada uno” a los cuales el Estado va a ayudar para que tengan (más) éxito.

En virtud de sostener las millonarias transferencias de fondos a los sectores más ricos (exportadoras, mineras, propietarios de bienes de lujos y fondos buitres) el gobierno decidió ajustar brutalmente mediante despidos, quita de subsidios y cierre de programas en todos los ministerios. La frase latiguillo para legitimar esta transferencia de fondos es “sinceramiento de la economía” y es aquí donde me quiero detener: ¿qué significa sincerar la economía? ¿qué concepción de “lo económico” subyace tras esa frase? en definitiva ¿qué enmascara la frase?

Si hay algo que debe ser sincerado, cual destino, es porque ese algo es una entidad que funciona según sus leyes propias. Macri y su equipo (ministros, diarios, militantes) enmascaran la decisión política de transferir fondos millonarios a los que ya son ricos como decisiones que se ven obligados a tomar porque un dios, la economía, un ente metafísico con sus propias leyes, lo impone.

La economía no es ni un dios ni un ente metafísico oscuro, la economía son las decisiones que tomamos constantemente y dichas decisiones se basan en ideas y valores. La economía es cuestión de decisiones políticas,  no hay leyes de la economía per se, sino que hay negociaciones al interior de una sociedad, expectativas e intereses. Por supuesto, hay intereses más y menos legítimos, pero no disfracemos los intereses reales bajo enunciados metafísicos oscuros. Mejor, propongamos una discusión seria acerca de cuáles son los intereses que, como país, vamos a privilegiar.

¿Qué hay detrás del Ente Economía? Estamos nosotros, todos, siendo afectados por las decisiones que son tomadas desde los organismos centrales de poder. La economía no habla de sí misma, no tiene sus propias leyes, la economía somos nosotres, y nuestra vida como comunidad, o sea, nuestra vida política, ese habitar con otres, sobre otres, bajo otres.

 

Nacimientos y muertes de lo monstruoso

Reseña de la obra “La mirada o el río al que las personas se arrojan a un pozo”

Entrar a ver una obra no siempre es sumergirse en ella, a veces es simplemente espectar la serie de acontecimientos. Tampoco leer la sucesión de letras es encontrarse con la novela, ni hablar dirigiéndose a un otro es comunicarse.

Desde ya pido disculpas si la lectura se vuelve árida, pero toda decodificación exige un esfuerzo, y querido espectador, nadie dijo nunca que ver teatro sea cosa fácil.

El drama marital y el fallido policial son en realidad una suerte de excusa o bien un tramposo hilo de Ariadna para conducirnos hacia un laberinto más profundo, más angustiante y mucho más incierto. Más que resolver el problema, la obra se encarga de llevarnos hacia él valiéndose de deliciosas carnadas.

El trajín de las relaciones diarias impone un uso banal de la lengua, mediante fórmulas e imágenes del hablar que prefiguran una suerte de comprensión anticipada y sin residuos de nuestros interlocutores. Pero el trasfondo es que el trajín oculta dos problemas. Por una lado la movilidad de los significantes, que siempre pueden ser otra cosa, que funcionan siempre como metáforas que por definición son abiertas. Por otro lado, la búsqueda creativa de engendrar significación, una paternidad de lengua que se presenta como deseo angustiante y desesperado. Hay un hecho patente, la sucesión de a+b+c+d no produce ningún enunciado, no hay nada que decir, no queda alternativa.

Se trata de tirar las piedra y agitar las aguas quietas del estanque de la lengua obtusa. Pero ojo, no es esta una operación carente de riesgo. Agitar las aguas puede despertar el monstruo congelado (otra imagen), cierta animalidad que no cesa de aparecer. Si algo destaca en la obra es la sutileza de las imágenes, y claro, el monstruo no está, no aparece, aunque eso es precisamente lo que lo vuelve monstruoso: la promesa siempre diferida de su aparición. ¿Cuántas películas de supuesto terror fallan al mostrarnos al  monstruo? mostrar el monstruo es una cacofonía que, por eso mismo, elimina el terror. Lo monstruoso no es sino una presencia espectral, lo que está pero solo en su anunciación, es un signo, como el lenguaje.

El lenguaje, con su juego de mostrar las ausencias es entonces monstruoso. Y por eso se llena de imágenes y decorados que tapen lo ominoso. Pero tras la bambalina anestesiante, está siempre latente, congelado y luminoso, el terror.

¿Cómo abordar el monstruo? se pregunta la obra una vez que ya removido las aguas calmas del lenguaje y que se tiene que enfrentar al remolino que su propia pregunta abrió. De nuevo, se abren dos opciones. Una de ellas se revela como inservible, la fría metodología científica de distanciamiento del objeto. La otra, se concluye, es sumergirse en el barro del problema a riesgo de ahogarse, hay que entrar en escena, no se puede desde afuera. Para generar algo nuevo, e insisto, se trata de una paternidad de la significación, no queda otra que arriesgarse y tirarse a la pileta de lo ominoso que hay detrás de la lengua obtusa. Sí, con titubeos y gritos, con lujuria y con gafas, pero nunca sin coraje.

Habrá que recurrir a instrumentos ópticos, siempre inciertos: una linterna, unas antiparras, y el mismo lenguaje. EL lenguaje, en su producción de imágenes, puede servir para desnudarse a sí mismo: desnudar el encantamiento de la comprensión y mostrarnos lo ridículo de una definición. Las langostas no son eso que se nos dice en el “diccionario de usos banales”, sino que son lo que me ahogan, lo que me tapan, que me comen.

Adentro del agua, los personajes no pueden mirarse uno al otro y el fuego no puede encenderse, tampoco pueden enfrentarse. Afuera lo que vemos es la asfixia

Asistimos al velorio del monstruo, los personajes miran consternados. Quien ha muerto es el lenguaje totalitario. El gran ausente, por supuesto, es él mismo.

EPPUR SI MOUVE

Eppur si muove- Sobre la obra “El sol quieto”

Leopoldo Rueda

 

En 1543 Nicolás Copérnico publica uno de los libros que revolucionaron la historia de la humanidad hasta nuestros días. De revolutionibus orbium coelestium fue para su época tan revolucionario como las orbes celestes de su título, y lo fue en distintos niveles.

En primer lugar implicaba abandonar el sistema aristotélico-ptolemaico donde la tierra era el punto fijo y los astros se movían alrededor de ella, lo cual hacia sentido con nuestra propia experiencia de mundo, en la cual el suelo no parece moverse. Imaginemos por un momento tener que explicarle a un paseante que el suelo debajo de sus pies se está moviendo a un velocidad imposible de dimensionar.

Un nivel si se quiere más profundo en que esta teoría impactó fue en el modo en que a partir de ahora deberían darse cuenta de nuestras investigaciones: el principio la observación y del ajuste de la teoría  a la experimentación y la aplicación del cálculo matemático a la investigación de la naturaleza, esto es, el paso de un tipo de investigación cualitativa a una cuantitativa.

Se trata entonces de una revolución no solo en el modo en que entendemos nuestra experiencia sino también en el modo en que vamos a adquirir futuras experiencia. Se trata de una revolución que pone en crisis, no solo una teoría científica, sino todo un sistema de coordenadas que ordenan la vida diaria de las personas.

Tal fue su impacto que las fuerzas que ejercían su poder se vieron fuertemente amenazadas al punto de prohibirla y de coaccionar mecanismos de represión para todo aquel que se declarara heliocentrista. Es famoso el episodio donde Galileo Galilei debe retractarse públicamente ante la presión de la Santa Inquisición.

Con el diario del lunes hemos aprendido dos cosas, primero que las revoluciones son tan inevitables como paciente debe ser el proyecto de convencer al mundo, y segundo, que los poderes fácticos son temerosos pero que, al final, terminan adaptándose y siguen, pese a todo, dominando.

No obstante, no quiero concentrarme en el lunes de hechos, sino en el Sunday de la redacción, en el momento de crisis, que es a mi entender sobre lo que El Sol Quieto trata. Una crisis es el momento de cuestionamiento y pérdida de significación de todo lo que nos era conocido, es el barullo de ruidos y sonidos que no logran una armonía consistente, es la confusión. Pero lo interesante de la crisis es que es el momento de la pregunta, pero no de cualquier pregunta. “Dicen que vamos bien. ¿quién dice?”. Notemos que aquí no se indaga sobre los argumentos o premisas que sostienen el enunciado afirmado, sino que se indaga sobre su enunciación misma. Es un caso que los insensibles lógicos llamarían falacia ad hominen, pero lo que los lógicos no entienden es que siempre cualquier cuestionamiento que nos importe será ad hominen, porque entendemos que como humanos tenemos intereses y que, cuando de nuestro bien se trata, sí nos importa quién dice qué cosa.

La crisis no solo afecta nuestro método fríamente correcto de deducción lógica, sino que afecta también la manera en que nuestros conceptos y creencias más profundas se articulan. El fuego de los cuerpos rozándose en el pasto una tarde de primavera se vuelve un hombre en llamas, y la fantasía  naif de una vida doméstica divertida revela su per-versión, su otra versión, su lado violento y sexual.

Es en la época de crisis donde se activan todos los motores, no solo el motor del disciplinamiento y de la patologización de lo otro, sino también el motor de lo irreal, de los valores, de lo contestatario, de la renuncia, y por ello, ante el embate de fuerzas contradictorias, las pobres criaturas que somos dudamos sobre qué motor montaremos nuestro cuerpo. Estamos como Tupac Amaru, atados (otra imagen de la obra) a caballos que tiran hacia lados opuestos.

Si las creencias pueden ser pensadas como células que informan y dirigen nuestra acción en el mundo, la crisis logra mezclarlas todas al punto de que una posible salida es la lluvia del olvido que elimine la incertidumbre. Luego de la lluvia estamos como desnudos, y tenemos que encontrar las ropas con las cuales presentarnos al mundo, una ropa sin historia, sin creencias. Se trata del alibi del poder disciplinario, el foja cero culposo.

Sin embargo, el poder disciplinario funciona porque oculta lo que borra, oculta el procedimiento de borramiento, es decir, oculta que el foja cero es una operatoria de destrucción del registro, pero paradójicamente, lo que queda, sino la huella de lo olvidado, es la huella del procedimiento.

El poder disciplinario no sabe que abrir el agujero negro de destrucción, el agujero negro de la excepción, puede ser una acción que se lleve, como fuerza centrífuga, también su propia condición de posibilidad. La excepción es siempre una excepción, tan inválida para uno como para otros, y no puede nunca justificarse. Dicho sea de paso, la fuerza centrífuga es ella misma una imagen de revolución.

Lo que es importante es que en la crisis no hay justificación. La justificación sólo puede darse dentro de un marco consensuado de creencias comunes, la justificación solo aparece en los momentos de estabilidad. Como diría Kuhn, un gran teórico de las revoluciones, la justificación solo aparece en los momentos de ciencia normal, no en los de crisis, porque durante la crisis ni siquiera hay un acuerdo que permita erigir un argumento cualquiera.

En 1933, época en la que aún se estaba procesando lo que había acontecido en la Primera guerra y en la que ya se estaban preparando las condiciones para la Segunda, Walter Benjamin describía con precisión el alcance de esta crisis: “una generación que fue al colegio todavía en tranvías de caballo se encontraba ahora a la intemperie y en una región donde lo único que no había cambiado eran las nubes; y ahí, en medio de ella, en un campo de fuerza de explosiones y torrentes destructivos, el diminuto y frágil cuerpo humano” (Experiencia y Pobreza).

Así, la crisis trae consigo la destrucción de todo lo conocido, trae las aguas de Leteo que borra la memoria. Paradójicamente la gran revolución copernicana fue decir que lo que antes se movía ahora está quieto: El sol está quieto.

Sin embargo, acá en la tierra, no seguimos moviendo. Eppur si muove, y sin embargo se mueve.

Las gaviotas en La Recherche de Marcel Proust

 

Son numerosas las referencias a animales que la novela proustiana entreteje a lo largo de su laberíntica trama. La sensibilidad de Proust a los detalles más ínfimos, como notaba Benjamin, permitiría la constitución de un profuso bestiario, el cual daría cuenta de los comportamientos más curiosos en aquellos animales presentes en la experiencia ordinaria.

No obstante, a diferencia de aquellos bestiarios medievales y modernos, creados por la mil maravillas descubiertas en tierras lejanas, el bestiario de Proust centra su curiosidad en esa otra bestia, la más difícil de todas, a saber, la humana, incluyendo sus relaciones sociales y amorosas. Los animales son así una suerte de linterna mágica que le permiten a Proust proyectar imágenes, siempre cambiantes, del mundo humano.

Es que, como sostiene Moran, para volverse aprehensible lo real se vuelve ficción, y para devenir ficción debe colocarse en figuras, a veces obras de arte, como hace Swann, a veces como figura animal, como veremos. Lo bestial es entonces otra forma de la ficción que encuentra Proust. Y, como toda ficción proustiana, parte del efecto, de la imagen proyectada, para descubrir la causa detrás del él. Pero, lejos de cualquier fundacionalismo, causa y efecto se asocian ficcionalmente.

 

Los aprendizajes personales son a menudo descriptos en términos de comportamientos animales o de experiencias con ellos, así por ejemplo, el descubrir la infranqueable  diferencia entre los signos emitidos y aquel que emite los signos, descubrimiento doloroso si lo hay, se parece a la experiencia de vislumbrar la bestia detrás del trino:

“La invisibilidad de los innumerables pájaros que se respondían de árbol a árbol por todos lados daba la misma impresión de descanso que cuando se tienen los ojos cerrados. Encadenado a mi banqueta del coche como Prometeo a su roca, iba yo escuchando a aquellas mis Oceánidas. Y cuando veía por casualidad a alguno de los pájaros pasar por detrás de unas hojas, había tan poca relación aparente entre él y sus trinos, que yo me resistía a ver en ese cuerpecillo saltarín, asustado y ciego, la causa de los cantos.” (Tomo II, A la sombra de las muchachas en flor)

 

Negarse a ver la causa de sus cantos, como si dijese también la causa de sus encantos. Como la Albertina descubierta después de su huida fatal. Como Raquel para Roberto. Se trata también, como sostiene Moran (2005), de la infranqueable diferencia entre el artista y su obra. Es que en lo real, el vínculo causal se encuentra roto, y de allí, de esa distancia, o mejor, de esa ruptura, emerge lo bestial.

La dialéctica entre los mundos sociales aparece dramáticamente expuesta en términos etológicos

Por la noche no solían cenar en el hotel, cuyo comedor, inundado por la luz eléctrica que manaba a chorros de los focos, se convertía en inmenso y maravilloso acuario; y los obreros, los pescadores y las familias de la clase media de Balbec se pegaban a las vidrieras, invisibles en la obscuridad de afuera, para contemplar cómo se mecía en oleadas de oro la vida lujosa de una gente tan extraordinaria para los pobres como la de los peces y moluscos extraños (buen problema social: a saber, si la pared de cristal protegerá por siempre el festín de esos animales maravillosos y si la pobre gente que mira con avidez desde la obscuridad no entrará al acuario a cogerlos para comérselos). Pero entretanto, quizá entre aquella multitud suspensa y atónita en medio de la obscuridad hubiese algún escritor o aficionado a la ictiología humana, que al ver cómo se cerraban las mandíbulas de viejos monstruos femeninos para tragarse un trozo de alimento acaso se complaciera en clasificar los dichos monstruos por razas, por caracteres innatos y también por esos caracteres adquiridos” (Tomo II)

 

Desvelar la trama y el drama de las relaciones humanas implica entonces sumergirse con antiparras como si de un biólogo marino se tratara.

En el cruce poético entre el cielo, el mar y la tierra encontramos a las gaviotas, cuya imagen aparece en el horizonte. La figura que dibujan se nos presenta, en cierto modo, inmovilizada. Como todo en Proust, se trata de perspectiva: el vuelo de las gaviotas situado en un espacio oceánico, en el cual no podemos hacer ninguna diferencia, impide ver el movimiento de avance y retroceso.

Como los cuervos sobre la torre de San Hilario que “parecían inmóviles cuando estaban, quizá, atrapando algún insecto en la punta de la torrecilla, lo mismo que gaviota quieta, inmóvil, con la inmovilidad del pescador, en la cresta de una ola.” Pero a diferencia de los cuervos, el de las gaviotas es un espacio u-tópico, en el sentido estricto de la palabra, un no-lugar que configura su origen misterioso.

 

Proust utiliza un procedimiento de comparación entre dos reinos. El misterioso e intrincado reino de las relaciones humanas por un lado, y el reino de los animales, que al parecer, se presenta siempre como un reino cerrado, fijo, que sirve para inmovilizar un significado.

No obstante, en el caso de las gaviotas, su origen misterioso es una característica aprovechada para establecer la comparación. La aparición de las muchachas de Balbec configura una escena en la que se modela el inicio de toda relación amorosa. Se trata de la escena del avance de cinco o seis muchachas, tan distintas de todo lo conocido “como hubiese podido serlo una bandada de gaviotas venidas de Dios sabe dónde” . Se anuncia el tono indescifrable que tiene el ser amado para aquel que ama.

La aparición ex nihilo de las muchachas es un misterio, como el de la Venus emergiendo del mar, que activa toda la maquinaria hermenéutica. Alcanzar con el intelecto su origen es alcanzar su esencia. Es desvelar el misterio.

El grupo de muchachas, en principio indistinguibles entre ellas, configura un cuerpo cuyas partes están orgánicamente coordinadas. Es decir, un cuerpo donde cada parte sigue rítmicamente a la otra y donde cada parte puede ser otra parte. El narrador asiste, desde su perspectiva, a un momento demiúrgico:

“las muchachas que digo, con ese dominio de movimientos que proviene de la suma flexibilidad corporal y de un sincero desprecio por el resto de la Humanidad, andaban derechamente sin titubeos ni tiesura, ejecutando exactamente los movimientos que querían, con perfecta independencia de cada parte de su persona con respecto a las demás, de suerte que la mayor parte de su cuerpo conservaba esa inmovilidad tan curiosa propia de las buenas bailarinas de vals” (Tomo II)

En virtud del movimiento armonioso, la nariz, atribuida a una, es luego transferida a otra. Así como un cabello o el color de unos ojos. No se trata de algo amorfo, sino más bien de la adquisición de la forma. Se trata de la configuración y reconfiguración de una figura, cacofonía mediante, que, como nos recuerda Auerbach, es algo viviente y dinámico.

La bandada de las gaviotas, ya como gaviotas, ya como muchachas, forman entonces una figura en sentido estricto, la reunión de la diversidad en la unidad, que se mueve aún cuando parece quieta.

La comparación no es ociosa, pues para el narrador la tribu de las muchachas nacía de un “fondo inhumano”, “una inaccesible tierra incógnita en la que no llegaría yo nunca y en dónde jamás tendría acogida la idea de mi existencia” (492). Se trata, como dijimos, de un espacio otro, o mejor, de un espacio utópico.

Si amar es esculpir una imagen del otro, es también construirle un espacio en el que mi existencia sea acogida. Amar entonces es sacar al otro del espacio incógnito y territorializarlo. Es por ello que Albertina se debe mudar a París con el héroe. O mejor, que es enjaulada, como rara avis.

Albertina conserva su esencia de pájaro (ya no de gaviota) cuyas palabras al despertarse eran un “simple piar” (tomo V, La Prisionera). El narrador se siente con ella “como si estuviera en plena naturaleza, ante unos follajes dorados donde ni siquiera faltaba la presencia del pájaro. Pues oía a Albertina silbar sin tregua”.

Pero, trastocado su lugar natural, se trastoca también la relación entre quietud y movimiento. Si antes era una quietud aparente en un movimiento desplegado, ahora la quietud impuesta acrecienta la sospecha de movimientos prohibidos, de citas con muchachos y muchachas, de miradas furtivas.

En la novela proustiana, el cambio del espacio, como el cambio de habitación, tiene el efecto de alterar la sensibilidad del huésped, al punto de quedar destruido el Yo. Es el viaje a Balbec, es decir al mar, cuando no actuando ya la Costumbre el narrador advierte su falta. Salido del sopor, el cuerpo adquiere ritmo y tonalidad, y por ello el héroe quiere

“emigrar hacia pensamientos de eternidad, por no dejar nada mio, nada vivo en la superficie de mi cuerpo -insensibilizada como la de esos animales que por inhibición se hacen los muertos al verse heridos-, con el objeto de no sufrir tanto en aquel lugar, donde mi absoluta falta de costumbre se me hacía aún más sensible (…)” (Tomo II)

En un espacio-otro no tiene potencia la Costumbre que cimenta sobre la capa de los hábitos la imagen de un yo-aquiescente.

Así también sucede con la percepción de Albertina, quien, alejada de su bandada de Gaviotas, anclada en un territorio impropio, ya no parece tan bella:

“Si la encontré maravilloso fue porque la vi como un pájaro misterioso (…) Una vez cautivo en mi casa el pájaro que viera una noche caminar a pasos contados por el malecón, rodeada de la cofradía de las otras muchachas, como una bandada de gaviotas venidas de no se sabe dónde, Albertina perdió todos sus colores (…) Albertina había ido perdiendo toda su belleza. “ (Tomo V)

 

A fin de cuentas las gaviotas son como la percepción, el encuentro de una multitud de lugares que conforman una imagen, una figura, dinámica y estable al mismo tiempo. Las gaviotas son el mar, y son Balbec. Son el comienzo de la vida social de héroe. Vida social que, como en los tiempos de Swann, lo aleja de su madre. Las gaviotas son las muchachas en flor que atraviesan la ciudad y pescan, en el mar agitado de una personalidad frágil, las profundas delicias del amor, del dolor y del olvido.

Los pájaros son el símbolo de la muerte y la resurrección, y por ello, el deseo (y el dolor) están sujetos también a un movimiento de muerte y resurrección. El amor muere, y el yo que ama queda sustituido por otro yo, por completo distinto, pero renace también de una memoria venida de no se sabe dónde. Una memoria que se alza del fondo del mar, por oleadas, “coronada de gaviotas” (Cosas normandas).

Patente la miseria de la humanidad
aguardo el momento en que el sacrificio se vuelva la única salida
Sacrificio de este cuerpo ya sacrificado
Lacerado
Burlado, de tanto negarse
de tanto negarme
Negado de placeres
Negado de sonrisas
un cuerpo sonreído, por otros.
No hay espacio ya para la mirada
la mirada no encuentra ninguna constelación que le devuelva imagen
tu ojos se ponen blancos, y miran hacia adentro
Adentro solo hay carne, con sangre, con grasa
la misma de mi sacrificio.
Dame tus ojos, ya no sirven, ya te dije, no hay nada que ver.
queda solo el espacio de la escritura, del signo, que no se ve
signo que vuelve patente su miseria de cosas
Patencia de la miseria
Patento mi sacrificio
No sacrifico cosas, me sacrifico a mi
Otra cosa entre las cosas
Mi carne, mi sangre, mi grasa y mis signos.

Me pongo lentes mágicos y hablo sobre mi vida

Experiencias de lectura
Seguro que para muchos leer Harry Potter haya sido una de las experiencias más vividas de su infancia y adolescencia, y así lo fue también en mi caso.
Proust, escritor de mi otra novela favorita, tiene un texto llamado ‘sobre la lectura’, donde rememora lo que para él es fundamental de esta experiencia: el recuerdo de los lugares, la molestia de los insectos, el rechazo de otras invitaciones, la luz que se va yendo. Cuando leía esto, no podía dejar de acordarme de mi propia experiencia de lectura con Harry Potter y me ocurrió compartirles un poco de eso.
Claro, narrar a posteriori una experiencia, y sirva esto de advertencia, tenga seguro sus componentes de ficción. Acaso toda memoria del pasado sea ficción en cierto punto, pero, como decía el gran Albus ” Claro que sucede todo en tu cabeza, pero no por eso es menos real” (cito de memoria, así que puede fallar- Toda cita es también una ficción).
Como siempre digo para exorcizar un poco mi pasado, nací y me crié en un campo, cerca de un pueblo de 400 habitantes, lejos de todo acceso a los grandes mercados. Sin televisión, por supuesto, y mi familia era pobre. Pero de una pobreza digna, como dicen en Esperando la carroza. En mi casa siempre había mucha gente, así que imagínense que era como la Madriguera, pero menos colorados. Aprendí a leer tarde, en segundo grado y de ahí no paré. A eso de los diez, misma edad en la que descubrí que algo ‘no andaba bien conmigo’ porque no era como los demás chicos, me encontré con harry potter de forma casual: los nietos de una vecina (Alicia ) se habían olvidado el libro en el campo, así que como sabía que yo leía mucho, me lo prestó. Fue así, producto de una contingencia absoluta que me encontré con uno de los mayores tesoros de la vida.
La identificación con el personaje fue inmediata: apresado en un closet pampeano, que me imponía unas normas que no podía cumplir. Entonces leí ese libro mil veces, como agarrándome a esa fantasía que me sostenía. El segundo y el tercero me lo prestaron unas amigas de la escuela, un poco más adineradas que mi familia. Y luego, me fui a estudiar a un colegio PUPILO, bueno, agrotécnico, pero pupilo al fin. En esos años, me hice amigo de otro chico que me prestó el cuatro, el cinco y el seis, a medida que iban saliendo. Me acuerdo siempre de leerlos muchas veces, con los ojos cansadísimos. Me acuerdo de la ansiedad porque me lo prestara, del olor como a chicle que tenían sus páginas, de leerlo en cada recreo, en cada hora libre, y en los ratos de ocio que teníamos en la escuela. Me iba a la biblioteca y me pasaba leyendo. Del colegio le dijeron a mi mamá que yo era un poco solitario, y que tenia que interactuar más, Que no podía ser que estuviese siempre en la biblioteca. PERO QUÉ QUERIAN, sin ese lugar la mayoría de las personas eran cuanto menos, Malfoys pero feos y sin todo ese glamour. Me los figuro más como Crabbe y Goyle.
Me acuerdo de los fin de semanas al sol en el campo, releyendo la novela y queriendo huir a ese otro mundo, un mundo que sí tenía que ver conmigo. Si hay algo que me gustaba del campo era que podía jugar a ser mago, y me la pasaba entre los árboles, haciendo mis varitas y lanzando hechizos, enseñando magia a los jóvenes brujos, e inventando pociones con yuyos que encontraba por ahí.
Por momentos recuerdo esos años con mucha angustia, cuando recuerdo toda la represión y todo el miedo que tenia al respecto de lo que me pasaba con mi homosexualidad, pero a veces también me acuerdo de ese refugio, el de la magia, y pienso que fui afortunado de por lo menos tener eso.
Como #marginal siempre, tenia que esperar que alguno con más plata se comprara el libro, lo leyera, y me lo prestara. El último lo leí de la edición que compró la biblioteca del pueblo. Primero tuve que esperar como un año hasta que lo compraran, luego tuve que esperar que lo leyera la hija de la bibliotecaria, que obvio tenía prioridad, y cuando por fin lo tuve fue de las cosas más emocionantes: ERA EL ÚLTIMO LIBRO, se me terminaba la historia. era una sensación rara, como de madurez abrupta: sabía que se terminaba, de algún u otro modo, lo que me había sostenido. En esa época, año 2008, aún estaba en el colegio, pero ya no era pupilo y vivía solo en un cuartito que me habían prestado. Busqué el libro, me compré un atado de puchos y un paquete de galletitas, preparé mates, cerré todas las puertas y ventanas y no atendí a mis amigos que venían siempre a instalarse, y leí, leí como si mi mundo se me fuera en eso. Leí frenéticamente y lo terminé de un tirón. Eran cerca de las cinco de la mañana y los ojos no me daban más. Dormí, entre feliz y triste. Falté al colegio, y falté a los trabajos de la tarde (que eran parte del colegio) y volví a leerlo.
En cierto modo, de tanto haberlo leído y de tanto haberme refugiado en ese otro mundo, no puedo contar mi historia sin entramarla con Harry Potter. La pregunta que de algún modo hacia el texto para mi era ¿qué vida es posible? y como puto, tímido, pobre y en un campo, esa era una pregunta angustiante. La literatura, sin embargo, y Harry Potter fundamentalmente, si bien no respondían esa pregunta, de algún modo me hacían sospechar que había algo más de lo que ya conocíamos, que teníamos que atrevernos a imaginar ese algo más. Y como dice Proust de los grandes autores “quisiéramos que nos dieran respuestas, cuando todo lo que puede hacer es darnos deseos”.
En fin, hablando sobre lecturas y experiencias de lectura, creo que, de nuevo, Proust da en la clave cuando dice que éstas, las lecturas, “lo que dejan sobre todo en nosotros es la imagen de los lugares y de los días en que las hicimos. No he escapado a su sortilegio: queriendo hablar de ellas, he hablado de cualquier cosa excepto de los libros, pues no es sino de ellas de lo que ellos me han hablado”

Hijos del tiempo. Sobre Tespero (Danza-teatro)

La obra “tespero” nos enfrenta a una situación casi paradójica: el tiempo como organizador de todo lo que hacemos se vuelve posibilidad e imposibilidad de un encuentro. Como verdadera alma mater Cronos da nacimiento a la historia y organiza una trama interesante de distintas escenas en las que lo cómico toma la figura de lo trágico y donde el movimiento -sutil muchas veces- es un verdadero motor de la historia.

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Y con quedar partirse. Dialéctica del encuentro y del símbolo (sobre la obra “Y con quedar partirse”de Agustina Serena)

¿Qué es un símbolo? la palabra en su origen griego significa “tablilla de los recuerdos” y remite a la tessera hospitalis, una tablilla que el anfitrión regalaba a su huésped. Esta era partida en dos y cada uno se quedaba con una parte. Al cabo de unos años, ambos podrían reconocerse juntando los pedazos de la tablilla.
No obstante la poeticidad del encuentro, tal vez símbolo no sea la palabra adecuada para hablar de esta obra. O tal vez sí. La cara oculta, el reverso trágico de la historia del símbolo, es la separación. Porque al fin y al cabo el visitador se va, el andariego lleva en sí el camino y no puede no caminar.

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