EPPUR SI MOUVE

Eppur si muove- Sobre la obra “El sol quieto”

Leopoldo Rueda

 

En 1543 Nicolás Copérnico publica uno de los libros que revolucionaron la historia de la humanidad hasta nuestros días. De revolutionibus orbium coelestium fue para su época tan revolucionario como las orbes celestes de su título, y lo fue en distintos niveles.

En primer lugar implicaba abandonar el sistema aristotélico-ptolemaico donde la tierra era el punto fijo y los astros se movían alrededor de ella, lo cual hacia sentido con nuestra propia experiencia de mundo, en la cual el suelo no parece moverse. Imaginemos por un momento tener que explicarle a un paseante que el suelo debajo de sus pies se está moviendo a un velocidad imposible de dimensionar.

Un nivel si se quiere más profundo en que esta teoría impactó fue en el modo en que a partir de ahora deberían darse cuenta de nuestras investigaciones: el principio la observación y del ajuste de la teoría  a la experimentación y la aplicación del cálculo matemático a la investigación de la naturaleza, esto es, el paso de un tipo de investigación cualitativa a una cuantitativa.

Se trata entonces de una revolución no solo en el modo en que entendemos nuestra experiencia sino también en el modo en que vamos a adquirir futuras experiencia. Se trata de una revolución que pone en crisis, no solo una teoría científica, sino todo un sistema de coordenadas que ordenan la vida diaria de las personas.

Tal fue su impacto que las fuerzas que ejercían su poder se vieron fuertemente amenazadas al punto de prohibirla y de coaccionar mecanismos de represión para todo aquel que se declarara heliocentrista. Es famoso el episodio donde Galileo Galilei debe retractarse públicamente ante la presión de la Santa Inquisición.

Con el diario del lunes hemos aprendido dos cosas, primero que las revoluciones son tan inevitables como paciente debe ser el proyecto de convencer al mundo, y segundo, que los poderes fácticos son temerosos pero que, al final, terminan adaptándose y siguen, pese a todo, dominando.

No obstante, no quiero concentrarme en el lunes de hechos, sino en el Sunday de la redacción, en el momento de crisis, que es a mi entender sobre lo que El Sol Quieto trata. Una crisis es el momento de cuestionamiento y pérdida de significación de todo lo que nos era conocido, es el barullo de ruidos y sonidos que no logran una armonía consistente, es la confusión. Pero lo interesante de la crisis es que es el momento de la pregunta, pero no de cualquier pregunta. “Dicen que vamos bien. ¿quién dice?”. Notemos que aquí no se indaga sobre los argumentos o premisas que sostienen el enunciado afirmado, sino que se indaga sobre su enunciación misma. Es un caso que los insensibles lógicos llamarían falacia ad hominen, pero lo que los lógicos no entienden es que siempre cualquier cuestionamiento que nos importe será ad hominen, porque entendemos que como humanos tenemos intereses y que, cuando de nuestro bien se trata, sí nos importa quién dice qué cosa.

La crisis no solo afecta nuestro método fríamente correcto de deducción lógica, sino que afecta también la manera en que nuestros conceptos y creencias más profundas se articulan. El fuego de los cuerpos rozándose en el pasto una tarde de primavera se vuelve un hombre en llamas, y la fantasía  naif de una vida doméstica divertida revela su per-versión, su otra versión, su lado violento y sexual.

Es en la época de crisis donde se activan todos los motores, no solo el motor del disciplinamiento y de la patologización de lo otro, sino también el motor de lo irreal, de los valores, de lo contestatario, de la renuncia, y por ello, ante el embate de fuerzas contradictorias, las pobres criaturas que somos dudamos sobre qué motor montaremos nuestro cuerpo. Estamos como Tupac Amaru, atados (otra imagen de la obra) a caballos que tiran hacia lados opuestos.

Si las creencias pueden ser pensadas como células que informan y dirigen nuestra acción en el mundo, la crisis logra mezclarlas todas al punto de que una posible salida es la lluvia del olvido que elimine la incertidumbre. Luego de la lluvia estamos como desnudos, y tenemos que encontrar las ropas con las cuales presentarnos al mundo, una ropa sin historia, sin creencias. Se trata del alibi del poder disciplinario, el foja cero culposo.

Sin embargo, el poder disciplinario funciona porque oculta lo que borra, oculta el procedimiento de borramiento, es decir, oculta que el foja cero es una operatoria de destrucción del registro, pero paradójicamente, lo que queda, sino la huella de lo olvidado, es la huella del procedimiento.

El poder disciplinario no sabe que abrir el agujero negro de destrucción, el agujero negro de la excepción, puede ser una acción que se lleve, como fuerza centrífuga, también su propia condición de posibilidad. La excepción es siempre una excepción, tan inválida para uno como para otros, y no puede nunca justificarse. Dicho sea de paso, la fuerza centrífuga es ella misma una imagen de revolución.

Lo que es importante es que en la crisis no hay justificación. La justificación sólo puede darse dentro de un marco consensuado de creencias comunes, la justificación solo aparece en los momentos de estabilidad. Como diría Kuhn, un gran teórico de las revoluciones, la justificación solo aparece en los momentos de ciencia normal, no en los de crisis, porque durante la crisis ni siquiera hay un acuerdo que permita erigir un argumento cualquiera.

En 1933, época en la que aún se estaba procesando lo que había acontecido en la Primera guerra y en la que ya se estaban preparando las condiciones para la Segunda, Walter Benjamin describía con precisión el alcance de esta crisis: “una generación que fue al colegio todavía en tranvías de caballo se encontraba ahora a la intemperie y en una región donde lo único que no había cambiado eran las nubes; y ahí, en medio de ella, en un campo de fuerza de explosiones y torrentes destructivos, el diminuto y frágil cuerpo humano” (Experiencia y Pobreza).

Así, la crisis trae consigo la destrucción de todo lo conocido, trae las aguas de Leteo que borra la memoria. Paradójicamente la gran revolución copernicana fue decir que lo que antes se movía ahora está quieto: El sol está quieto.

Sin embargo, acá en la tierra, no seguimos moviendo. Eppur si muove, y sin embargo se mueve.

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