Nacimientos y muertes de lo monstruoso

Reseña de la obra “La mirada o el río al que las personas se arrojan a un pozo”

Entrar a ver una obra no siempre es sumergirse en ella, a veces es simplemente espectar la serie de acontecimientos. Tampoco leer la sucesión de letras es encontrarse con la novela, ni hablar dirigiéndose a un otro es comunicarse.

Desde ya pido disculpas si la lectura se vuelve árida, pero toda decodificación exige un esfuerzo, y querido espectador, nadie dijo nunca que ver teatro sea cosa fácil.

El drama marital y el fallido policial son en realidad una suerte de excusa o bien un tramposo hilo de Ariadna para conducirnos hacia un laberinto más profundo, más angustiante y mucho más incierto. Más que resolver el problema, la obra se encarga de llevarnos hacia él valiéndose de deliciosas carnadas.

El trajín de las relaciones diarias impone un uso banal de la lengua, mediante fórmulas e imágenes del hablar que prefiguran una suerte de comprensión anticipada y sin residuos de nuestros interlocutores. Pero el trasfondo es que el trajín oculta dos problemas. Por una lado la movilidad de los significantes, que siempre pueden ser otra cosa, que funcionan siempre como metáforas que por definición son abiertas. Por otro lado, la búsqueda creativa de engendrar significación, una paternidad de lengua que se presenta como deseo angustiante y desesperado. Hay un hecho patente, la sucesión de a+b+c+d no produce ningún enunciado, no hay nada que decir, no queda alternativa.

Se trata de tirar las piedra y agitar las aguas quietas del estanque de la lengua obtusa. Pero ojo, no es esta una operación carente de riesgo. Agitar las aguas puede despertar el monstruo congelado (otra imagen), cierta animalidad que no cesa de aparecer. Si algo destaca en la obra es la sutileza de las imágenes, y claro, el monstruo no está, no aparece, aunque eso es precisamente lo que lo vuelve monstruoso: la promesa siempre diferida de su aparición. ¿Cuántas películas de supuesto terror fallan al mostrarnos al  monstruo? mostrar el monstruo es una cacofonía que, por eso mismo, elimina el terror. Lo monstruoso no es sino una presencia espectral, lo que está pero solo en su anunciación, es un signo, como el lenguaje.

El lenguaje, con su juego de mostrar las ausencias es entonces monstruoso. Y por eso se llena de imágenes y decorados que tapen lo ominoso. Pero tras la bambalina anestesiante, está siempre latente, congelado y luminoso, el terror.

¿Cómo abordar el monstruo? se pregunta la obra una vez que ya removido las aguas calmas del lenguaje y que se tiene que enfrentar al remolino que su propia pregunta abrió. De nuevo, se abren dos opciones. Una de ellas se revela como inservible, la fría metodología científica de distanciamiento del objeto. La otra, se concluye, es sumergirse en el barro del problema a riesgo de ahogarse, hay que entrar en escena, no se puede desde afuera. Para generar algo nuevo, e insisto, se trata de una paternidad de la significación, no queda otra que arriesgarse y tirarse a la pileta de lo ominoso que hay detrás de la lengua obtusa. Sí, con titubeos y gritos, con lujuria y con gafas, pero nunca sin coraje.

Habrá que recurrir a instrumentos ópticos, siempre inciertos: una linterna, unas antiparras, y el mismo lenguaje. EL lenguaje, en su producción de imágenes, puede servir para desnudarse a sí mismo: desnudar el encantamiento de la comprensión y mostrarnos lo ridículo de una definición. Las langostas no son eso que se nos dice en el “diccionario de usos banales”, sino que son lo que me ahogan, lo que me tapan, que me comen.

Adentro del agua, los personajes no pueden mirarse uno al otro y el fuego no puede encenderse, tampoco pueden enfrentarse. Afuera lo que vemos es la asfixia

Asistimos al velorio del monstruo, los personajes miran consternados. Quien ha muerto es el lenguaje totalitario. El gran ausente, por supuesto, es él mismo.

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