Reseña “No hay nada más hermoso que acariciar algo quieto” de Braian Kobla

Nada está quieto, y sin embargo parece estarlo. Sobre este movimiento descansa el recorrido dramático de lo que acontece ante nuestra mirada. Y nada está quieto porque la obra reparte la tensión dramática en dualidades.

Todas las dualidades son expresión de una tensión fundamental. La de una subjetividad que, anhelando la mítica unidad, es incapaz de saberse fragmentada, y por ello mismo, ha negado toda posibilidad de cambio. Ha perdido, entonces, todo sentido teleológico, y por qué no, todo sentido teológico. Tan incapaz de proyectos y de anhelos como de la posible complacencia y aceptación de la existencia tal cual es.

Se trata de una subjetividad abandonada a su propia suerte, incrédula respecto de sí misma, y en ese mismo sentido también de lxs otrxs. Detrás de esa presencia avergonzada de la hipocresía ajena encontramos un sujeto incapaz de devenir: débil en su posible adaptación a los cambios. Un sujeto escudado en sus certezas, pero trágicamente conciente de que toda certeza no es más que una mentira.

Toda certeza funciona como un lugar seguro al que acudimos cuando todo parece desvanecerse. La obra discurre así por una serie de imágenes de estructuras, esquemas espaciales o comportamentales previamente codificados y que requieren de la relación entre elementos diversos: el estacionamiento, el nido, el sentimiento de una forma sin contenido, la coreografía, el armario, el orden de la ropa.

Pero, casi como verdad axiomática, ninguna estructura puede constituirse desde la unidad monádica, pues toda estructura es al menos una relación. Requiere un despliegue de la unidad en su diversidad, requiere entonces para poder formarse, de lo otro. Y es justamente allí donde llegamos al momento angustiante de la obra: eso otro, que vendría a armar la estructura, que vendría a poner las cosas en movimiento, no está, solo aparece en su ausencia. El nido está vacío, lo mismo que el armario, lo mismo que la forma, lo mismo que la coreografía mecánicamente aprendida. Y, viceversa, aquello que debería estar vacío está lleno: un estacionamiento ocupado prefigura la idea de completitud. Y como sabemos, solo las cosas muertas están completas, solo a los muertos no les falta nada. Si hay completitud no hay movimiento, ni deseo.

Enfrentamos la tensión entre el movimiento de la caricia y la quietud de la subjetividad. Desde dentro nada se mueve, desde fuera nada está quieto. Ambos polos son en última instancia una unidad necesaria, porque lo importa es el recorrido de uno hacia otro. Y en esa intermitencia aparece la belleza de una obra que nos conduce de lo vacío a lo lleno, de la forma al contenido, de la quietud al movimiento. Del movimiento a la quietud. A la última quietud.

Es la belleza ante el estertor de los vencidos.

Leopoldo Rueda

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