Reseña “Pauta y método para una purga familiar” de Rene Mantiñan

Método: Re-presentación

Toda obra muestra un problema, en tanto en ella, a través de ella, se pone en juego un hacer con propósitos que sólo en tanto obra, objeto formado, materia formada, devela las condiciones de su formación como problema. Como resultado, la obra muestra aquello que oculta: la resolución de los problemas que dieron lugar a un determinado objeto. La obra así se halla ligada a la historia de su formación, pero se halla ligada como ocultamiento, como negación de su proceso, como negación de su historia. La obra así es la diferencia de los problemas que ha resuelto, es el resultado que aparece eminentemente como distinto de su proceso de producción y de sus condiciones de posibilidad.

Pero no toda obra asume su problema como problema a trabajar. Aunque claro, en nuestra contemporaneidad, con la caída de cualquier certeza acerca de las directivas del arte, puede considerarse que el arte mismo ha asumido la tarea de encontrar sus condiciones de posibilidad, sus condiciones de producción, y lo ha hecho en términos artísticos. Los ejemplos en esta línea son abundantes y no hace falta reseñarlos aquí. Basta con decir que Pauta y Método se inscribe, en principio, en esta línea de indagaciones: se trata de una obra que reflexiona artísticamente sobre las condiciones de representación. Se trata de un teatro que aborda inteligentemente el problema de la teatralidad, de su espacio y su manera, incluso de su misma posibilidad ¿Qué hace falta para teatralizar? ¿Qué es lo que convierte a algo en un hecho teatral? ¿Todo es representable? ¿De qué modo? ¿Cómo decidimos cuál representación es mejor? ¿Es que acaso hay un afuera del teatro con el cual se mide la bondad o legitimidad de un hecho teatral? Es como si la didascalia se hubiese metido en el mismo texto, lo hubiese colonizado y finalmente hubiese proclamado su triunfo.

Responder estas preguntas implica, por una vez, abordar la representación, o mejor, representar la representación, exponerla. En esta obra se trata de mostrar la artificiosidad del artificio mediante otro artificio. Esto es, mostrar el hecho teatral en su misma producción como hecho teatral, que siempre, por esa trampa del metalenguaje (paradoja de Russell mediante) será otro hecho teatral.

El método entonces es el de la exposición mediante el mismo dispositivo que se quiere exponer: representar la representación. Pero, como toda representación, es decir, toda cosa que se re-presenta, que se vuelve a presentar, requiere de un trabajo sobre la memoria. Seguir los meandros de la memoria es entonces la pauta (en una interpretación libre del título).

Pauta: Memoria

Dijimos antes que muchas obras se instauran sobre la negación de su proceso, se muestran como el resultado de un proceso que fue olvidado. Pero no es el caso de esta obra, cuyo tema principal es justamente la condición de posibilidad de la representación, esto es, la memoria.

Re-establecer la memoria no es un acto sencillo. Se debe apelar a todo una serie de dispositivos, de artefactos-artificios para recuperar esa memoria: etiquetas, archivos, repetición al infinito. Por momentos, la memoria ni siquiera es de los personajes, sino que se halla oculta en la materialidad de los objetos cuya poder mágico despierta la rememoración.

Claro, es una memoria siempre amenazada por el olvido. Y si la memoria es el instante del hecho teatral, el olvido debe ser vencido para que haya representación. Es por ello que todos las estrategias son válidas, es por ello que también la obra pone en marcha toda una serie de dispositivos de memoria, poniendo a su vez a la memoria como dispositivo. Olvidando el olvido. Y el resultado, por supuesto, no es más que una artificialidad. Recordar es siempre una ficción de lo acontecido, y como todo ficción, una mentira.

De allí también la angustia de sus personajes. Una angustia debida a la imposibilidad de su propio dispositivo, una angustia ante la conciencia de la imposibilidad de una memoria que no sea ficción.

Pero justamente, porque hay olvido, hay ficción, hay artificio, hay hecho teatral. Sin el olvido, no habría necesidad de representar. No se puede volver a presentar aquello que no hemos olvidado. Cada uno puede ser otro, cada uno puede ser el mismo personaje y cada uno de ellos puede ser sí mismo, un ser sí mismo que, si no olvidamos que estamos ante una obra, es también una ficción. Es necesario olvidar para que el hecho teatral sea posible.

La obra internamente se enfrenta entonces a una situación paradójica, entre la pasión por la memoria y la necesidad del olvido. Entre abjurar del olvido, y saber al mismo tiempo, lo fragil de la memoria. Entre no querer olvidar y tener que olvidar para poder ser un personaje. La paradoja revelada (gracias Proust) es que solo mediante el olvido la memoria se hace posible.

Y ahí, en ese espacio entre memoria y olvido, en esa distancia entre la representación y lo representado, se encuentra la obra. Una obra que se caracteriza por su profunda negatividad, en tanto inserta el hecho artístico en esa distancia. Sin olvidar el olvido, y sin idolatrar la memoria, encuentra las condiciones de su posibilidad.

En ese espacio vacío, negativo, es que asistimos entonces a una puesta en escena de la verdadera catarsis, la purga de las pasiones, que solo es posible en la distancia calculada entre lo extraño y lo familiar, entre la identificación y el extrañamiento. En ese espacio, espacio creado a fuerza de poner en juego su propia negación, la obra nos purga de lo familiar.

Leopoldo Rueda

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