Un prólogo escrito para un libro regalado en ocasión de un cumpleaños

Prologuistas y Prólogos

 

La infame tradición de prologar un libro viene de muy antaño. Conocido es el Proemio que antecede el poema de Parménides sobre el Ser, del cual solo nos han quedado unos pequeños fragmentos, y por maravilloso designio histórico todo ese prólogo místico. Sólo a partir de allí puede reconstruirse la filosofía parmenídea acerca de este importante tópico, el Ser o La Naturaleza.

El mencionado episodio reviste cierta importancia al prefigurar lo que más de mil años después harían los infames del APyP. Busquemos todavía sus antecedentes históricos. Explicarlos sea quizás la forma de desactivar la decadencia moral a la que nos llevado, y la pobreza a la que han sumido a excelsos escritores.

La tradición de prologar a un escrito continúa siendo importante a medida que la tradición filosófica y literaria se va desarrollando en nuestro occidente. Con sus diferencias claro está. En el caso de la literatura, el prólogo funcionaba ya como una entrada en el terreno de lo ficcional, un rito de pasaje necesario para que nadie confunda su lugar en el mundo: podrán leer a hombres ayudados por excelsos dioses, pero esto es ficción. La tradición prologal filosófica sigue sin embargo distintos carriles. En los prólogos a las obras filosóficas generalmente escritos por el mismo autor del libro del prólogo, este se excusaba de sus posibles errores apelando al carácter aún inconcluso de sus investigaciones sobre el tema, e invitaba a francas discusiones acerca del tópico.

El curso de la historia es sin embargo tirano, y quiso que la cuestión de los prólogos no se mantuviera en sus prudentes carriles. Hubo un punto de inflexión en la oscura Edad Media. Se sabe que el Occidente Latino sólo conoció durante muchos siglos las obras “lógicas” de Aristóteles, esto es, las grandes cabezas filosóficas que pensaron durante la cristiana edad sólo pudieron leer el Organon. Todos sus otros libros y apuntes de clases estuvieron perdidas para ellos, por lo menos hasta el siglo XII. Todo el corpus aristotélico fue a parar, por misteriosos consecuencias, al oriente, a los árabes, que se encontraron con un sistema de categorías totalmente innovador.

En estas condiciones, fue necesario que ilustres pensadores explicaran de algún modo entendible para la mentalidad oriental lo que podrían encontrar al tomar de sus bibliotecas un libro como Ethica Nicomachea, Ars poetica, o De caelo. Nace allí la tradición según la cual una persona distinta del autor (generalmente ya muerto) tradujera de algún modo el complejo sistema que se estaba exponiendo en la obra para una mentalidad que funcionara según otros sistemas categoriales. Refiere Borges las fatigas que le trajeron dos palabras a Abulgualid Muhámmad Ibn–Ahmad ibn–Muhám¬mad ibn–Rushd – Averroes, para simplificar- al intentar traducir dos conceptos griegos -tragedia y comedia- que aparecen en la Poética para una cultura que no poseía la noción de representación teatral.

Con el discurrir de los siglos el prólogo se va volviendo despótico. Comienza con una inocente introducción a la obra, un pasaje por sus puntos fundamentales, pero sabemos que tal acto no es en modo alguno inocente. Los prólogos encorsetan las posibilidades de interpretación de una obra, totalizan su significado y quitan el poco espacio de innovación. Ejercen, hay que advertirlo, una cruel tiranía. Más aún si se tiene en cuenta que hace un tiempo los prólogos se han vuelto un objeto de estudio en sí mismo, todo un campo en el que la crítica literaria, ya agotados sus temas, ha decidido sumergirse.

Dos episodios de nuestra vida cultural son las causas que concurrieron a la actual escandalosa situación. En 1980, Miriam Potking – prologuista de la onceava edición de Requiem for a Nun de Faulkner- se casa con quien ejerciera la presidencia pro tempore del Instituto Para el Desarrollo de Los Estudios Literarios, Grahamn Nisbet. A instancias de tan conveniente matrimonio, Potking crea una asociación para el estudio y desarrollo de los prólogos a las obras literarias y filosóficas, en el que se congregan infames intelectuales. Queda así conformada la APyP, Asociación de Prologadores y Prologadoras. 

A instancias de tan deleznable institución, financiadas con fondos públicos, se comenzaron largos y eruditos estudios de los prólogos más famosos dejando de lado las obras a las que ellos prologaban. Así, en las Actas del “Primer simposio de la APYP”, podemos encontrar trabajos sobre el “Prólogo a la Segunda Edición de la Crítica de la Razón Pura”, los “Prólogos” a  las obras aristotélicas de que hace Averroes, el prólogo de Jitrik al Facundo de Sarmiento, el de Galveiro a Os Sertones de Euclides Da Cunha, etc. 

La dimensión e influencia que estos estudios empezaron a tomar, algo que teniendo dinero y casándose adecuadamente no es difícil de lograr, condujo inevitablemente al desastre actual. Filósofos y literatos empezaron a producir profusamente prólogos para obras ya suficientemente prologadas, y cuando estas se acabaron, empezaron a dedicar su tiempo a pensar en los prólogos que harían a obras nunca escritas.

En el Prólogo a Dimensiones de la Conciencia Presente de Enrique Plá, Frederich Neemás escribe “La obra que presentamos tiene un importante función en nuestros días. En efecto, Plá nos presenta las modalidades de nuestras modos primarios de la conciencia en clara oposición y discusión con la preeminencia contemporánea del psicoanálisis que todo lo reduce a reflujos de nuestro inconsciente. Plá nos ofrece de esta manera nuevos campos para pensar nuestros modos contemporáneos de ser en el mundo y de ser con otros recuperando la larga y abandonada tradición fenomenológica”. Este prólogo representaría el mayor de los absurdos, ya que tanto obra como autor son inexistente. Decimos “representaría” si no fuera porque los infames de la APyP se las ingeniaron para ser aún más ridículos. En sus Actas del IX Congreso Internacional de la APyP publicaron dos trabajos donde discuten la interpretación que Neemás hacía de la obra de Plá: Lipmann critica que la exégesis de Neemás acerque tanto a Plá a la hermenéutica posheidegerianna, lo cual entiendo como una clara distorsión del correcto sentido de la obra de Plá. Por su parte, y resumiendo exageradamente su argumentación de 20 folios, Schwarz sostiene que Plá no nos está presentado en su obra una reflexión acerca de los modos de solidaridad humana, una reflexión acerca del ser con el otro, sino que se mantiene en el plano puramente internalista de la conciencia recayendo de este modo en el solipsismo. De este modo Scharwz critica la operación prologal de Neémas, ya que entiende que este último solo está trayendo “agua para su molino” (sic) poniendo en palabras de Plá cosas que no quiso decir. 

¡INFAMES! ¿Cómo han podido olvidarse que la obra de Plá es inexistente? ¿Cómo han podido olvidarse que Plá mismo es inexistente? Si, como decíamos, los prólogos escotomizan, encorsetan, el sentido que una obra va a tener, aquí la operación se vuelve absurda: NO HAY SENTIDO DE LA OBRA. El prólogo estaría determinando una nada, un vacío.

Para terminar, solo dos soluciones se me ocurren para acabar con semejante barbarie. Por un lado, cual psicoanálisis, tratar de llevar a la conciencia la causa de tal patología. Con respecto a esto avizoro que la nueva generación tiene terror al vacío, por ende prologar obras inexistente (vacíos de sentido) es la forma de ejercicio de un control disciplinar sobre aquello que nos espanta. Es análogo al procedimiento terapeútico de hacer chistes sobre la muerte para reirnos de algo que nos espanta. Por otro lado, y de forma más directa y urgente, pienso que podríamos seducir a Miriam Potking, o en su defecto al esperpento de Grahamn Nisbet, para disolver el matrimonio que a tan desastrosas acciones ha llevado. 

 

Mi Muy Estimada:

 

Cuantas líneas quisiera escribirle un día como hoy, el día de su cumpleaños, claro está. Pero usted y yo sabemos que en los tiempos contemporáneos dedicarle mucho tiempo a los afectos, escribir profusamente, indagar en los normales sentimientos del compañero no es decoroso. 

Más allá de nuestro seguro desacuerdo con los tiempos contemporáneos en este aspecto, sólo por hoy no quedemos como indecorosos, y vayamos a lo concreto, a lo que, como se deduce fácilmente de estas líneas, a muchos no cuesta llegar. Y es que nos vamos por otros carriles, mezclamos temas, volvemos a tópicos de una ya antaña media hora. Tal vez sea una forma solapada, mejor: sutil, de resistirnos a la premura contemporánea. ¿Sea, tal vez, esa capa de piel que impide salir el pus de la decadencia actual? En fin, absurdamente nos resistimos a la complejidad de ser sencillos, y por puro esnobismo y vanagloria propia, preferimos la comodidad de parecer complejos. Queda esto demostrado en que si asumiéramos lo penoso de ser sencillos, simplemente hubieramos dicho: Feliz cumpleaños.

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