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El arte surge de un mundo, al cual muchas veces cuestiona. Un mundo que a su vez tiene al arte como uno de sus constituyentes, un mundo formado también por el arte. Indagar en ese mundo implica también indagar en las relaciones no obvias que el arte teje con aquello de lo cual no está nunca plenamente separado pero a lo cual tampoco está plenamente unido. Nadie debería sorprenderse entonces ante el hecho de que uno de los temas que atraviesa siempre la producción artística sea el mismo arte, y su vínculo con el mundo en el que está inmerso ¿Se ha preguntado alguna vez qué es lo que ve una muñeca rusa desde adentro? Lo emocionante está en que cada muñeca contenga en sí la posibilidad de llevarse a ella misma en su interior y que la nueva muñeca no sepa que lo que ve oscuro desde adentro no es más que sí misma acobijándose. Así también quisiera el arte ver desde afuera lo que adentro oscurece.

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Contra el derrotismo filosófico

Del lado de Marx siempre me gustó su denuncia a la ideología burguesa, en su aspecto epistemológico y mesiánico. La denuncia de que la conciencia burguesa, su modo de concebir y entender el mundo, no era total sino, fatalmente, parcial. Marx encontraba, siguiendo a su maestro, que en Hegel culminaba la fase de la conciencia burguesa. Hegel creía que su propio sistema daba expresión a la última fase de la última fase: la filosofía como expresión ultima y acabada de Lo Absoluto. Allí, en la filosofía hegeliana el espíritu se reconocía como libre, se encontraba a sí mismo en la plena autoconciencia de la libertad.

La libertad era el regalo divino, aquel con el que Dios había bendecido y señalado al hombre como su criatura favorita, y en esa fase y en ese sistema la libertad era plena. Para lxs desposeidxs, para lxs oprimidxs quedaba entonces cancelado su futuro. Si allí se terminaba la historia. Si esto era todo lo que había, entonces debían aceptar que era vano cualquier esfuerzo venidero.

Marx entiende que debía clavar allí donde más dolía: en la denuncia de su falsedad. Replica a la conciencia burguesa el hecho de haberse considerado la conciencia absoluta, el ultimísimo momento donde cualquier esperanza culminaba. Por ello el marxismo es primero una crítica ideológica, y una crítica en sentido kantiano, una filosofía que busca los límites, las parcialidades, de la conciencia absoluta. La pretendida resolución de las contradicciones, la integración de los polos dicotómicos, la armonía, no se había realizado, y por eso, una conciencia que la proclamara no podía sino ser una falsa conciencia. Si hay algo teológico en Marx es entonces una teología de la historia en la que se anuncia, se cree, pese a la conciencia dominante, que hay todavía posibilidad. Frente a una filosofía de la necesidad, Marx opone una filosofía de lo aún posible. Una buena nueva -evangélica- que anuncia que el regalo divino, aquello que hace del hombre algo particular, la libertad, es algo aun posible. La buena nueva de que su humanidad es todavía posible. O bien, que esta pobre humanidad no puede ser toda la verdad.

Pero Marx no era católico, es decir no pertenecía a aquella religión para la cual el reino de los cielos ya ha venido a realizarse en la tierra y que, en tanto se nos ha perdonado del pecado original, la comunalidad del hombre con lo divino ha sido restaura. Desde el presentismo histórico, el pueblo judío aún espera algo mejor. Marx era de origen judío, como también lo fue su -quizás- alumno más díscolo, Walter Benjamin. Y si algo caracteriza el pensamiento benjaminiano, aun cuando permanentemente rehuse su encasillamiento, es su intento de sintetizar dos tradiciones de las cuales a su juicio podían extraerse las bases teóricas de una crítica profunda a la conciencia burguesa: el marxismo y el judaísmo. Encontrar los puntos en los que hacían chispas y encendieran algún fuego que iluminara la oscuridad del tiempo presente.

El marxismo porque el porvenir de lxs oprimidxs es todavía posible. El judaísmo, porque un pueblo perseguido, devastado, humillado, expulsado, era todavía capaz de esperar a su Mesías. Ambos, porque no habían cancelado la historia.

En Benjamin, el marxismo más que una teoría descriptiva funciona como una metodología, una manera de mirar los acontecimientos en su aspecto sensible. El marximo enseñaba a creer que la materialidad que se presentaba a nuestra experiencia era digna de ser valorada. Y sobre todo, la materialidad del sufrimiento. El sufrimiento encarnado de los que aún padecen. Una metodología que enseñaba entonces que ninguna filosofía podía arrogarse el derecho de cerrar la historia cuando todavía quedara un sufriente.

Pero si la filosofía burguesa consagrada en el hegelianismo proclamaba la realización plena de la libertad para toda la humanidad, la reacción romántica pesimista, derrotista, no dejaba también de cancelar la historia. ¿Desde que altura platónica nos creemos los filósofos con derecho a declamar que las posibilidades están agotadas, que ya no queda nada que hacer? ¿Desde qué pedestal metafísico creemos que nosotros tenemos la visión completa del asunto como para cancelar el futuro? ¿Qué filosofía acomodaticia nos quiere enseñar que estamos en posesión de una verdad como para ir a decirle a quienes están luchando y están sufriendo, que eso es todo lo que les cabe esperar?

No, Benjamin no fue derrotista tampoco, no clausuró y dictaminó el juicio último de la historia. Todavía quedaban posiciones que defender en Europa. La academia filosófica, gustosa del derrotismo, nos cuenta esta historia como una tragedia, en la cual Benjamin se equivoca y perece. Claro, una tragedia: lo que no podría haber sido de otro modo. Pero yo creo que olvidan la lección benjaminiana más importante. El ‘todavía quedan’, el todavía aún….

Por eso, la crítica a la conciencia burguesa para Benjamin implica necesariamente disputar el sentido del tiempo, su concepción teórica tanto como sus efectos prácticos. Una noción de tiempo que a la vez que clausura el futuro en su cumplimiento efectivo, clausura también el pasado, arrojándolo como residuo de lo ya-resuelto. Así, la redención de lxs sufrientes queda perdonada en la integración armoniosa del tiempo en que el Espíritu se halla ya reconciliado. Todavía aún, pero todavía-no, ‘nada de lo que haya acontecido alguna vez ha de darse por perdido para la historia’ dice en las Tesis. Esto define el resto que aún tenemos de humanidad.

Heidegger creo que también lo encontró, cuando la temporalidad se vuelve la dimensión categorial principal que define lo humano: el ser arrojado a sus posibilidades, eyectado a su futuro, el ser ocupado en su propio ser. Un ser humano que trabaja creativamente sobre el mundo que le fue dado para hacer de este algo distinto.

De alguna manera, toda teoría crítica, todo posición y práctica crítica denuncia también la falsa totalidad que algún colectivo particular cree encarnar. El feminismo, los movimientos de disidencia sexual, la teoría trans suficientemente buena, la teoría antiespecista disputan también una noción que naturaliza lo dado (lo ficcionalmente dicho como dado) como totalidad absoluta. Y en tanto críticos esos movimientos apuestan a un futuro más inclusivo, en el que también puedan volar aquellas identidades a las que, como decía Lemebel les han roto las alas. Porque todo cis-tema que se crea total, articula y gobierna todas las esferas de la vida, violentando el aspecto sensible, la corporeidad, de todo aquello que escape de su totalidad, negándola, en su expresión, en su palabra, en sus posibilidades de vida. Entonces la reivindicación viene para un futuro que tiene que traer al presente sus promesas de mejoría.

La perspectiva crítica involucra en su concepción del futuro una dimensión fuertemente cognoscitiva, implica construir conocimiento que desmienta la totalidad asumida. Un conocimiento entonces que apunta también al futuro, a la mejor armonización de nuestras perspectivas.

También allí el pragmatismo da en la clave cuando define el conocimiento no como el descubrimiento de una realidad antecedente, total y absoluta, sino como transformación efectiva de una realidad dada en vistas de un futuro donde nuestros ideales sean armonizados con la experiencia. Dewey, siguiendo a James y a Peirce, defiende una redescripción de la idea del conocimiento en términos operacionales, en tanto conocer implica actuar y hacer ciertas cosas y que su validación se da en términos de los frutos a los que da lugar. Por sus frutos los conocerás repite James. Una noción de conocimiento que acepta su carácter siempre abierto, hipotético, valorativamente cargado y por todo esto falible y revisable. Y de un conocimiento que debe ser contrastado con los efectos a los que da lugar. Es por ello que el conocimiento es para Dewey tanto investigación como transformación y que en tanto tal nos implica en una responsabilidad práctica por aquello que habremos de hacer.

Si quizás algo recorre el pensamiento de Dewey es una redescripción del concepto de experiencia. Sobre este monta su crítica a la razón totalitaria. Si para Benjamin era fundamental disputarle a la hegemonía la noción de tiempo, para Dewey será fundamental disputarle una noción de experiencia. Y en su redescripción, Dewey nos enseña que el concepto de experiencia estaba también ligado a una dimensión temporal clausurada. La experiencia remitía a lo ya pasado, al dato, al hecho antecedente. Pero Dewey inserta en la experiencia la dimensión del porvenir, y el futuro aparece allí porque la experiencia es acción, mejor, trans-acción, y la acción remite no a la necesidad sino a la posibilidad. Porque la acción reconoce que en un mundo establecido queda aún algo por hacer. Reaccionar ante el mundo establecido, intervenir en su curso, darle nuevas posibilidades a lo dado es quizá la característica más sobresaliente que encuentra en las criaturas vivientes. La noción de inteligencia con la que Dewey pretende reemplazar la noción de razón, apunta justamente a esta dimensión del futuro como la posibilidad abierta de una transformación. Inteligencia implica la mejor coordinación entre fines valorados y medios disponibles, e implica también nuestra actividad creativa para hacer de lo dado, otra cosa. Si el pensamiento religioso nos proponía fines absolutos, dados de una vez y para siempre, y nos privaba de los mediaciones para alcanzarlos, el pragmatismo deweyano no deja de insistir en que los fines son correlativos a sus medios, que los fines son siempre fines a la vista y que no son más que una etapa de una serie de medios, y, en dirección opuesta, que los medios no son más que los fines en su presente etapa de realización.

Por lo mismo, Dewey no deja de insistir que los valores que valoramos no pueden ser considerados valores absolutos, y que un investigación sobre los objetos e ideales que debemos apreciar no puede apelar a descubrir un absoluto. Fines y valores inteligentes son aquellos que nos permiten una armonía con el mundo en que vivimos, y perseguirlos es cambiar ese mismo mundo. Dewey también, a su manera, critica la parcialidad de un pensamiento que considera las posibilidades clausuradas, de un pensamiento que se arroga el derecho de cerrar el mundo por considerar que ha alcanzado alguna verdad eterna. Para lxs que aún sufren esta no puede ser la eternidad. No sé si Dewey o Benjamin estarían de acuerdo, pero creo que aferrarse a la idea de que aun hay algo posible, es, casi contra los datos, una suerte de fe, una manera también de hacer justicia y redimir nuestro futuro junto con el pasado.

La integridad de fases, la unidad armoniosa de medios y fines, la aparición de una novedad a partir de lo dado, es lo que para Dewey caracteriza el arte. Es allí donde el arte sale de su esfera particular para encontrarse en los procesos de la vida cotidiana. Es también, cuando el arte, aún cuando este en su esfera, contiene la promesa de una vida más vivible. Pero la redención del arte no vendrá para Dewey de una separación, de una esferización en un reino recluido que nos promete otro mundo, aparte de este. Sino de la integración de lo artístico en este nuestro mundo. El arte para Dewey no debería oponerse a nuestra vida. Y si lo hace, y en el estado de cosas presente esto es un hecho, y remarca su diferencia radical con los otros momentos de la vida, eso es porque todavía-no. No casualmente, Dewey prefiere la estética del Art and Craft de Ruskin y Morris, en donde encuentra que uno de los corazones de la teoría filosófica sobre el arte, su separación de la vida, aparecía genuinamente problematizada. Hacer de nuestros ideales una obra, llevarlos a la práctica, observar su funcionamiento, revisarlos, redefinirlos, hacer operativas nuestras ideas, es la manera en que una y otra vez describe Dewey a la investigación, y en todo ello está el arte y la creatividad. Si, como efectivamente sucede, gran parte de nuestras experiencias no son una una experiencia cualificada artísticamente, esto no representa para Dewey una separación ontológica y radical que hunda sus raíces en una diferencia ineludible. Dewey sostiene que la realidad común, ajena al arte es simplemente aquella porción de la experiencia que el arte aún no ha conquistado.

En el logro de todo ello actúa la imaginación, como fuerza que busca armonizar lo dado y lo posible, como fuerza que busca alcanzar lo posible a partir de lo dado. La imaginación como aquella facultad que daba cuenta de la libertad, en tanto fue concebida desde antaño, como una facultad que traía lo ausente a la presencia. Y lo ausente en este mundo es la justicia no selectiva. Una justicia para todxs lxs sufrientes. Para con ellxs tenemos la obligación de hacer de la filosofía una herramienta inteligente que ponga al servicio de nuestrxs compatriotas en el dolor lo mejor de nuestras tradiciones, que nos iluminen los aspectos sensibles, corporales, materiales que aún reclaman una vida mejor. Y que lejos de sentenciar la clausura del tiempo, vea en él -como vieron Benjamin y Dewey- los recursos disponibles para abrir trincheras.

No somos tus hijxs

Con mis hijos no te metas

10 años. Hice probablemente mi primer comentario machista. -Te avivaste un poco- me dijo el mejor aprendiz del curso de machos, -eras un poco mariposón- sentenció.
Ahí, en los bailes de pueblo, el nene que se encargaba de hacerme bullying me etiquetó por primera vez con un estigma. Al mismo tiempo se vanagloriaba, supongo, de los buenos resultados que su educación, basada en violencia y acoso, estaba surtiendo en mi. Ese día me sentí orgulloso de mi mismo. Ese día me pregunté qué significaba mariposón. Nadie se metió.

Con mis hijos no te metas.

Ví cómo en el jardín, la primaria y la secundaria le hicieron bullying a un pibe. Pero como era medio bobo, se lo merecía. Sabíamos también que su padre era un violento. Todxs, padres, profesores, directivos, dejaron abandonada a esa infancia en riesgo. Nadie se metió.

En la escuela católica en la que estudié no solo aprendíamos las materias del curso. Un minucioso currículum oculto formaba los machos de la patria. Los pibes más grandes estaban legitimados a acosar a los menores porque así se forman los varones, soportando violencia y golpes. Nadie hacía nada.

Con mis hijos no te metas

En la misma escuela, incluso violando las leyes estatales existentes, me enseñaron que la homosexualidad era un pecado. No, corrijo, me dijeron que era una enfermedad. Sí, justo en los años en que la palabra mariposón empezaba a tener más sentido para mi, y comencé a tener mis serias dudas, toda una pedagogía me decía que lo que estaba pasando en mi era la peor aberración.

Con mis hijos no te metas.

Cuando necesité respuestas, y cuando más solo estaba, todo lo que sabía era que ni siquiera podía atreverme a contar que pensaba que era puto. Tenía miedo, estaba cagado hasta las patas. Pensaba que no iba a tener más amigos, ni más familia, ni más futuro, ni más escuela, ni más vida. Nadie enseñaba que ser puto y vivir eran dos cosas que podían ir de la mano.

Con mis hijos no te metas.

Yo, que jamás me había atrevido a golpear a nadie, yo que sufría en los márgenes buscando formas de supervivencia, yo que hacía todo mas o menos bien, sabía que estaba podrido por dentro. Sabía que ser puto me hacía peor que incluso el chico más forro de esa escuela. Porque ser un violento si sos varón está bien, pero ser puto es abjurar de lo más preciado para esta sociedad: su heterosexualidad. Y lo peor, es que me lo creí. Y me lo creí porque los profesores me lo confirmaban, y también los mayores, con sus chistes y sus bromas.

Con mis hijos no te metas.

Quise morir muchas veces, pensé en matarme otras tantas. Hice ritos. Nadé un río corriente arriba, me refugié en bibliotecas, tuve novias, intenté. Y sin embargo, con culpa y con bronca, en cuántas noches húmedas me pajee pensando en otros pibes.

Le pedí a Dios que me salvara. Le insistí. Le dije que yo no quería ser puto. Le pedí por favor que me vuelva hétero. Me convencí a mi mismo que era cuestión de hacer fuerza, de extirparlo de mi mente. Me convencí de que si seguía siendo puto era porque no lo intentaba lo suficiente.

-No me sale-
-intentalo de nuevo.

Todas las noches, todos los días.

Lo hice solo.

Con mis hijos no te metas.

Canté los cantos aprendidos en la escuela. Que “el agro es/un colegio de varones/no se aceptan maricones/como todos los demás”.
Pedagogías heterosexualizantes

Sí, yo, un niño de 15 años a quien nadie le creía porque mientras cantaba eso se me movía la cadera y se me quebraba la muñeca. Sí, yo. Que aunque quisiera no podía ocultar lo puto que era. Me dijeron mozo sin bandeja, me dijeron que rasguñaba el paquete, me amenazaron. Hasta un puto me dijo una vez: callate puto.

Nadie se metió.

Observé, aprendí, estudié. Las poses, los valores, los dichos, las formas de pensar de los varones héteros. Observar y analizar era lo que mejor me salía. Sino podía cambiar desde adentro, tenía que cambiar desde afuera. Por imitación, tal vez, algún día, lo de adentro se transformaría. Invertí la metafísica de la Santa Comunión. Intenté la alquimia de cambiar los accidentes para transformar la sustancia. Fallé durante años. Pero lo hice en secreto, y continué investigando, como los escépticos.

Con mis hijos no te metas.

17 años. Escuché otros historias, busqué nuevxs maestrxs. Escuché las historias de maricas y travas expulsadas de sus casas, escuché las historias de pibas golpeadas, abusadas y violadas. Por sus novios, por sus padres, por sus parientes, por extraños. Siempre varones. Siempre heterosexuales. Nadie se metió.

Escuché las historias de amores y noviazgos, de putxs con trabajo, de putxs orgullosxs. Escuche y viví las historias de placer y de fiesta, de celebración de la mariconería. Impensable para mi. De celebración, qué maravilla, qué empoderante.

Escuché y aprendí que ser puto no está mal, que ser trans no está mal. Que son una de las tantas modalidades. Escuché y aprendí que las personas que son leídas como mujeres tienen miedo real en la calle.

Leí. A Lemebel, a la Susy Shock, al José Sbarra, al Fauno, al Nino Z, a tantos putxs bizarrxs. Escuché y aprendí de tantas Pazchi y Bruno, y tantos Lucas Mendos y tantos Emma Theumer y tantos Nicolas Cuello, y tantas Alejandras que me criaron desde el amor y la confrontación, pero siempre desde una pedagogía que implicaba sanación y cura para desaprender todo lo que la otra pedagogía, la pedagogía de la crueldad, me había enseñado. Soy hijx orgullosx de todxs ellxs.

¿Con mis hijos no te metas? No vamos a hacer lo que ustedes hicieron que fue no meterse cuando enseñaban que ser puto estaba mal. Cuando callaban ante el bullying. No vamos a hacer como ustedes, que callan los abusos sexuales de los curas pedófilos, que callan los golpes que los maridos le dan a sus mujeres.

No vamos a hacer como ustedes, que entre tener razón y herir un niñe, prefieren tener razón.

No vamos a ser como ustedes, que enseñan a una nena o a un nene abusado que esos son secretitos que no tiene que decirle a nadie. No vamos a ser como ustedes que se callan cuando a un niñe le enseñan a odiar su cuerpo, porque es gordo, o muy flaco, o porque tiene esto o aquello.

Quisiera haber tenido una Educación Sexual Integral que me hubiese dicho que tenía que amar mi cuerpo, que me hubiese enseñado que había más que heterosexuales en el mundo. Una ESI, que me hubiese enseñado que el placer está bien, pero que si no quiero coger nadie me puede obligar. ¿Es esto lo que les molesta de la ESI?

Quisiera haber tenido una ESI que me haya enseñado que todos los tipos de cuerpo son dignos de amor. Y de goce. Y que el placer no está reservado solo a los varones, delgados, machos, blancos y musculosos.

Quisiera haber tenido una ESI para no haber pensado alguna vez de una colega que era una puta por acostarse con tal o cual. Quisiera haber tenido una ESI para haber tenido claro, mucho antes, que las mujeres pueden ser tanto más inteligentes que yo. Quisiera haber tenido una ESI que me enseñara a valorar otras experiencias, una ESI que me hubiese enseñado a no monopolizar la palabra, cosa con la que ahora estoy tratando de luchar. Y quisiera que mis profesorxs hayan sido educadxs en esa ESI, y mis padres y mis amigos.

Porque yo tuve suerte, y soy, en muchas cosas, un privilegiado. Porque mi viejo y mi vieja y mis hermanxs me comprendieron. Porque a pesar de los prejuicios, primo en ellos el amor.

Quisiera haber tenido una ESI que me hubiese hecho reflexionar acerca de cómo en el mundo las cosas no son iguales para varones que para mujeres, para blancxs y no-blancxs, para neurotípicxs y no-neurotípicxs, para nativxs y para migrantes. Que me hubiese hecho reflexionar sobre los mecanismos de opresión y de poder, reales, palpables. ¿Cuántos varones héteros desaparecen cada año víctimas de la trata? ¿A cuántos varones héteros violan cada año? ¿Cuántas mujeres cobran el mismo salario por igual tarea? ideología es pretender que estas preguntas no son relevantes y urgentes.

Con mis hijos no te metas. ¿Les vas a dar educación sexual en tu casa? ¿Vos? ¿Por qué si no estás capacitadx para dar matemáticas, lengua, historia, biología, sociología, etc, considerás que sí estás capacitadx para enseñar Educación Sexual, que incluye todas las dimensiones de la vida humana? ¿Vos y yo? ¿Desde nuestra parcialísima y limitadísima noción de mundo, desde lo poco que conocemos?

La educación sexual que yo recibí se basaba en que coger era para tener hijos, a menos que seas varón. Ahí sí, te alientan a coger cuanto antes y cuanto puedas. La educación sexual que a mi me dieron nos entraba para ser predadores. La educación sexual implícita que recibí fue que la mujer era un ser de segunda categoría, y que tenía que cerrar las piernas. La educación sexual que yo recibí me decía que el mundo era heterosexual. ¿Y somos nosotrxs los que vendemos ideología de género? Ideología es negar lo que de hecho existe. Y ustedes nos vienen negando a los putos, a las tortas, a las travas, a lxs trans desde siempre. Ustedes nos vienen negando, a lxs gordxs, a lxs que nos gusta bailar como maricas sacadas, a quienes no son neurotípicxs. Ustedes vienen negando a las mujeres que no quieren ser incubadora, que no quieren casarse y tener marido. Ustedes vienen negando todo un conjunto de otras experiencias y recorridos de vida, todo un conjunto de cuerpos y modos de habitar el mundo. Haciendo de cuenta que no existimos.

Ustedes son los que vienen negando que las familias son de muchas formas. Ustedes son los que niegan que los papás varones abortan a menudo y que nuestras crianzas están a cargo de madres, madres solteras, abuelxs, tixs y demás. Pero no, ahí están ustedes enseñando que familia solo es papá y mamá. Ustedes son los ideólogos.

Pero acá estamos, enseñando otra pedagogía. Acá estamos, orgullosxs y visibles. ¿Saben por qué? porque existimos. Y sobrevivimos . A su pedagogía cruel, a sus palos, a sus golpes, a su hacernos mierda el autoestima.

Porque aunque ustedes nos nieguen, encontramos otras pedagogías y otras redes. Nos juntamos y celebramos, y lo vamos a seguir haciendo.

Nos vamos a meter, porque nuestra pedagogía es para infancias más felices y más íntegras. Es para una infancia libre de prejuicios y de abusos, es para criar mejores personas. Y porque por mucho que sean tus hijos, sus derechos son prioritarios.

Las gaviotas en La Recherche de Marcel Proust

 

Son numerosas las referencias a animales que la novela proustiana entreteje a lo largo de su laberíntica trama. La sensibilidad de Proust a los detalles más ínfimos, como notaba Benjamin, permitiría la constitución de un profuso bestiario, el cual daría cuenta de los comportamientos más curiosos en aquellos animales presentes en la experiencia ordinaria.

No obstante, a diferencia de aquellos bestiarios medievales y modernos, creados por la mil maravillas descubiertas en tierras lejanas, el bestiario de Proust centra su curiosidad en esa otra bestia, la más difícil de todas, a saber, la humana, incluyendo sus relaciones sociales y amorosas. Los animales son así una suerte de linterna mágica que le permiten a Proust proyectar imágenes, siempre cambiantes, del mundo humano.

Es que, como sostiene Moran, para volverse aprehensible lo real se vuelve ficción, y para devenir ficción debe colocarse en figuras, a veces obras de arte, como hace Swann, a veces como figura animal, como veremos. Lo bestial es entonces otra forma de la ficción que encuentra Proust. Y, como toda ficción proustiana, parte del efecto, de la imagen proyectada, para descubrir la causa detrás del él. Pero, lejos de cualquier fundacionalismo, causa y efecto se asocian ficcionalmente.

 

Los aprendizajes personales son a menudo descriptos en términos de comportamientos animales o de experiencias con ellos, así por ejemplo, el descubrir la infranqueable  diferencia entre los signos emitidos y aquel que emite los signos, descubrimiento doloroso si lo hay, se parece a la experiencia de vislumbrar la bestia detrás del trino:

“La invisibilidad de los innumerables pájaros que se respondían de árbol a árbol por todos lados daba la misma impresión de descanso que cuando se tienen los ojos cerrados. Encadenado a mi banqueta del coche como Prometeo a su roca, iba yo escuchando a aquellas mis Oceánidas. Y cuando veía por casualidad a alguno de los pájaros pasar por detrás de unas hojas, había tan poca relación aparente entre él y sus trinos, que yo me resistía a ver en ese cuerpecillo saltarín, asustado y ciego, la causa de los cantos.” (Tomo II, A la sombra de las muchachas en flor)

 

Negarse a ver la causa de sus cantos, como si dijese también la causa de sus encantos. Como la Albertina descubierta después de su huida fatal. Como Raquel para Roberto. Se trata también, como sostiene Moran (2005), de la infranqueable diferencia entre el artista y su obra. Es que en lo real, el vínculo causal se encuentra roto, y de allí, de esa distancia, o mejor, de esa ruptura, emerge lo bestial.

La dialéctica entre los mundos sociales aparece dramáticamente expuesta en términos etológicos

Por la noche no solían cenar en el hotel, cuyo comedor, inundado por la luz eléctrica que manaba a chorros de los focos, se convertía en inmenso y maravilloso acuario; y los obreros, los pescadores y las familias de la clase media de Balbec se pegaban a las vidrieras, invisibles en la obscuridad de afuera, para contemplar cómo se mecía en oleadas de oro la vida lujosa de una gente tan extraordinaria para los pobres como la de los peces y moluscos extraños (buen problema social: a saber, si la pared de cristal protegerá por siempre el festín de esos animales maravillosos y si la pobre gente que mira con avidez desde la obscuridad no entrará al acuario a cogerlos para comérselos). Pero entretanto, quizá entre aquella multitud suspensa y atónita en medio de la obscuridad hubiese algún escritor o aficionado a la ictiología humana, que al ver cómo se cerraban las mandíbulas de viejos monstruos femeninos para tragarse un trozo de alimento acaso se complaciera en clasificar los dichos monstruos por razas, por caracteres innatos y también por esos caracteres adquiridos” (Tomo II)

 

Desvelar la trama y el drama de las relaciones humanas implica entonces sumergirse con antiparras como si de un biólogo marino se tratara.

En el cruce poético entre el cielo, el mar y la tierra encontramos a las gaviotas, cuya imagen aparece en el horizonte. La figura que dibujan se nos presenta, en cierto modo, inmovilizada. Como todo en Proust, se trata de perspectiva: el vuelo de las gaviotas situado en un espacio oceánico, en el cual no podemos hacer ninguna diferencia, impide ver el movimiento de avance y retroceso.

Como los cuervos sobre la torre de San Hilario que “parecían inmóviles cuando estaban, quizá, atrapando algún insecto en la punta de la torrecilla, lo mismo que gaviota quieta, inmóvil, con la inmovilidad del pescador, en la cresta de una ola.” Pero a diferencia de los cuervos, el de las gaviotas es un espacio u-tópico, en el sentido estricto de la palabra, un no-lugar que configura su origen misterioso.

 

Proust utiliza un procedimiento de comparación entre dos reinos. El misterioso e intrincado reino de las relaciones humanas por un lado, y el reino de los animales, que al parecer, se presenta siempre como un reino cerrado, fijo, que sirve para inmovilizar un significado.

No obstante, en el caso de las gaviotas, su origen misterioso es una característica aprovechada para establecer la comparación. La aparición de las muchachas de Balbec configura una escena en la que se modela el inicio de toda relación amorosa. Se trata de la escena del avance de cinco o seis muchachas, tan distintas de todo lo conocido “como hubiese podido serlo una bandada de gaviotas venidas de Dios sabe dónde” . Se anuncia el tono indescifrable que tiene el ser amado para aquel que ama.

La aparición ex nihilo de las muchachas es un misterio, como el de la Venus emergiendo del mar, que activa toda la maquinaria hermenéutica. Alcanzar con el intelecto su origen es alcanzar su esencia. Es desvelar el misterio.

El grupo de muchachas, en principio indistinguibles entre ellas, configura un cuerpo cuyas partes están orgánicamente coordinadas. Es decir, un cuerpo donde cada parte sigue rítmicamente a la otra y donde cada parte puede ser otra parte. El narrador asiste, desde su perspectiva, a un momento demiúrgico:

“las muchachas que digo, con ese dominio de movimientos que proviene de la suma flexibilidad corporal y de un sincero desprecio por el resto de la Humanidad, andaban derechamente sin titubeos ni tiesura, ejecutando exactamente los movimientos que querían, con perfecta independencia de cada parte de su persona con respecto a las demás, de suerte que la mayor parte de su cuerpo conservaba esa inmovilidad tan curiosa propia de las buenas bailarinas de vals” (Tomo II)

En virtud del movimiento armonioso, la nariz, atribuida a una, es luego transferida a otra. Así como un cabello o el color de unos ojos. No se trata de algo amorfo, sino más bien de la adquisición de la forma. Se trata de la configuración y reconfiguración de una figura, cacofonía mediante, que, como nos recuerda Auerbach, es algo viviente y dinámico.

La bandada de las gaviotas, ya como gaviotas, ya como muchachas, forman entonces una figura en sentido estricto, la reunión de la diversidad en la unidad, que se mueve aún cuando parece quieta.

La comparación no es ociosa, pues para el narrador la tribu de las muchachas nacía de un “fondo inhumano”, “una inaccesible tierra incógnita en la que no llegaría yo nunca y en dónde jamás tendría acogida la idea de mi existencia” (492). Se trata, como dijimos, de un espacio otro, o mejor, de un espacio utópico.

Si amar es esculpir una imagen del otro, es también construirle un espacio en el que mi existencia sea acogida. Amar entonces es sacar al otro del espacio incógnito y territorializarlo. Es por ello que Albertina se debe mudar a París con el héroe. O mejor, que es enjaulada, como rara avis.

Albertina conserva su esencia de pájaro (ya no de gaviota) cuyas palabras al despertarse eran un “simple piar” (tomo V, La Prisionera). El narrador se siente con ella “como si estuviera en plena naturaleza, ante unos follajes dorados donde ni siquiera faltaba la presencia del pájaro. Pues oía a Albertina silbar sin tregua”.

Pero, trastocado su lugar natural, se trastoca también la relación entre quietud y movimiento. Si antes era una quietud aparente en un movimiento desplegado, ahora la quietud impuesta acrecienta la sospecha de movimientos prohibidos, de citas con muchachos y muchachas, de miradas furtivas.

En la novela proustiana, el cambio del espacio, como el cambio de habitación, tiene el efecto de alterar la sensibilidad del huésped, al punto de quedar destruido el Yo. Es el viaje a Balbec, es decir al mar, cuando no actuando ya la Costumbre el narrador advierte su falta. Salido del sopor, el cuerpo adquiere ritmo y tonalidad, y por ello el héroe quiere

“emigrar hacia pensamientos de eternidad, por no dejar nada mio, nada vivo en la superficie de mi cuerpo -insensibilizada como la de esos animales que por inhibición se hacen los muertos al verse heridos-, con el objeto de no sufrir tanto en aquel lugar, donde mi absoluta falta de costumbre se me hacía aún más sensible (…)” (Tomo II)

En un espacio-otro no tiene potencia la Costumbre que cimenta sobre la capa de los hábitos la imagen de un yo-aquiescente.

Así también sucede con la percepción de Albertina, quien, alejada de su bandada de Gaviotas, anclada en un territorio impropio, ya no parece tan bella:

“Si la encontré maravilloso fue porque la vi como un pájaro misterioso (…) Una vez cautivo en mi casa el pájaro que viera una noche caminar a pasos contados por el malecón, rodeada de la cofradía de las otras muchachas, como una bandada de gaviotas venidas de no se sabe dónde, Albertina perdió todos sus colores (…) Albertina había ido perdiendo toda su belleza. “ (Tomo V)

 

A fin de cuentas las gaviotas son como la percepción, el encuentro de una multitud de lugares que conforman una imagen, una figura, dinámica y estable al mismo tiempo. Las gaviotas son el mar, y son Balbec. Son el comienzo de la vida social de héroe. Vida social que, como en los tiempos de Swann, lo aleja de su madre. Las gaviotas son las muchachas en flor que atraviesan la ciudad y pescan, en el mar agitado de una personalidad frágil, las profundas delicias del amor, del dolor y del olvido.

Los pájaros son el símbolo de la muerte y la resurrección, y por ello, el deseo (y el dolor) están sujetos también a un movimiento de muerte y resurrección. El amor muere, y el yo que ama queda sustituido por otro yo, por completo distinto, pero renace también de una memoria venida de no se sabe dónde. Una memoria que se alza del fondo del mar, por oleadas, “coronada de gaviotas” (Cosas normandas).